A cuatro décadas de la avalancha, Armero convoca a recordar, aprender y reparar
Las ruinas de Armero ofrecen un escenario tan silencioso como poderoso: casas sin techo, caminos cubiertos de maleza, tumbas por doquier. Allí, la lápida de Omaira resalta entre las demás, con flores, ofrendas, mensajes escritos a mano y velas encendidas que testifican una devoción singular. Los visitantes llegan en silencio, algunos orando, otros fotografiando, otros simplemente caminando.
La imagen de Omaira atrapada en los escombros, comunicándose con su madre, luchando durante días, fue transmitida al mundo entero. Su historia concentra en un solo rostro la magnitud del desastre, la fragilidad humana y la ausencia de respuesta oportuna. Esa historia no es solo parte del pasado: es un espejo para el presente.
Los negocios de la memoria también se han levantado: tiendas de recuerdos, guías turísticos, rutas arqueológicas de desastre, cafés frente al monumento. Para muchos habitantes de Armero y de los municipios cercanos, esa economía incipiente ofrece ingresos. Pero también genera dilemas éticos: el dolor de unos se convierte en atracción para otros. Algunos lugareños lo reconocen con tristeza.
En materia gubernamental, la tragedia de Armero sigue siendo referente para planes de prevención y mitigación del riesgo. Se sabe que los lahares —flujos de lodo volcánico— pueden repetirse, que las alertas existen, que los mapas de evacuación están más avanzados; sin embargo, la memoria institucional sigue siendo frágil.
El discurso de la memoria llega también a quienes perdieron todo y buscan justicia simbólica: reconocer a sus muertos, encontrar a sus desaparecidos. Mientras la tumba de Omaira está bien identificada, miles de víctimas siguen sin nombre. Esa brecha entre lo visible y lo invisible marca la herida histórica del lugar.
Además, Armero plantea la cuestión de cómo se recuerda una catástrofe: ¿cómo equilibrar homenaje, turismo, educación? ¿Cómo evitar el morbo sin apagar la atención? En ese ejercicio, la comunidad, los visitantes y las autoridades están llamados a construir una narrativa respetuosa y constructiva.
Y finalmente, la pregunta que subyace: ¿hemos aprendido como sociedad? Armero no debería remitir solo al pasado, sino servir como advertencia. Que el lodo no vuelva; que las alertas no sean ignoradas; que las comunidades vulnerables tengan voz, recursos y respaldo. Y que la niña que no logró caminar esté de pie en nuestra memoria para que otros caminen mejor.
Conmemorar Armero es mucho más que un acto simbólico: es un compromiso con las víctimas, con la prevención, con la dignidad. La tumba de Omaira Sánchez se erige como punto de encuentro entre el dolor y la esperanza, entre la historia y el futuro. Colombia necesita que la memoria no se marchite, que Armero continúe siendo recordado, y que la lección de aquella tragedia se traduzca en acciones reales.

