89 comunidades claman por tierra propia

Esperanza campesina enfrenta burocracia estatal gubernamental

Detrás de las cifras y las vías bloqueadas, hay historias de familias enteras que han cultivado la tierra durante años sin poder llamarla legalmente suya. Este viernes, más de 89 asociaciones campesinas de Urabá decidieron que la espera había terminado y salieron a las carreteras para exigir lo que consideran un derecho fundamental: la formalización de las tierras donde han construido sus vidas.

Ayineth Pérez, una mujer campesina que lidera el Movimiento de Mujeres Campesinas de Urabá, representa el rostro humano de esta lucha. Su voz, firme pero cansada, expresa la frustración de comunidades que creyeron en las promesas gubernamentales y ahora se sienten traicionadas por un año más de espera infructuosa.

Para estas familias, la tierra no es solo un pedazo de papel con sellos oficiales. Es el lugar donde sus hijos juegan, donde cultivan el alimento diario, donde han construido sus hogares y donde sueñan con un futuro de estabilidad que solo la certeza jurídica puede ofrecer.

Las comunidades campesinas de Urabá cargan con una memoria dolorosa. Muchas de estas familias han sido víctimas del conflicto armado, fueron desplazadas y luego regresaron a reconstruir sus vidas en medio de la incertidumbre. La formalización de tierras representa para ellos no solo un trámite, sino una reparación, un reconocimiento de que merecen vivir sin el temor constante de perder lo poco que han logrado reconstruir.

Ayineth Pérez habla con la autoridad que le otorga no solo su liderazgo, sino su experiencia personal. Como mujer campesina, conoce las dobles jornadas: trabajar la tierra durante el día y sostener el hogar por las noches. Conoce el miedo de no tener documentos que respalden la propiedad de la tierra donde sus hijos crecen. Conoce la impotencia de ver pasar los meses sin respuestas de las instituciones que prometieron ayudar.

En las vías bloqueadas, los campesinos comparten mate, conversan sobre sus cosechas y intercambian historias similares. Don Carlos, un agricultor de 58 años, cuenta que lleva más de dos décadas trabajando el mismo predio sin tener claridad sobre su situación legal. Doña María, con sus manos curtidas por el trabajo, explica que sus hijos ya están grandes y ella sigue sin poder dejarles una herencia formal porque el Estado no ha completado los trámites prometidos.

Los niños que corren entre los adultos en las zonas de bloqueo representan la siguiente generación que heredará estos conflictos si no se resuelven. Ellos juegan ajenos a las complejidades burocráticas, pero su futuro está atado a si sus padres logran o no formalizar las tierras. La educación, las oportunidades, la estabilidad emocional de estos niños dependen en parte de resolver esta incertidumbre territorial.

El representante Baracutao, quien conoce de cerca estas realidades, no habla solo con datos cuando menciona las constancias y audiencias. Habla de rostros específicos que ha conocido, de familias que le han confiado sus historias esperando que alguien en el Congreso las escuche. Su frustración es también personal: sabe que cada audiencia sin resultados concretos significa otra familia desilusionada.

Las madres que participan en el bloqueo lo hacen pensando en sus hijos. No es una decisión fácil dejar las labores del campo para salir a protestar, pero sienten que no hay alternativa. Cada día que pasa sin formalización es un día más de vulnerabilidad, un día más en que podrían llegar personas con documentos falsificados a reclamar tierras que ellas han trabajado honestamente.

La esperanza, aunque desgastada, persiste en estas comunidades. Creen que si gritan lo suficientemente fuerte, si bloquean suficientes vías, si permanecen firmes el tiempo necesario, alguien en el Gobierno finalmente los escuchará y entenderá que no están pidiendo privilegios, sino justicia básica: el derecho a tener seguridad jurídica sobre el lugar que llaman hogar.

Esta no es una historia de cifras ni de políticas abstractas. Es la historia de familias que despiertan cada día con la incertidumbre de no saber si mañana tendrán que abandonar todo lo que han construido. Es la historia de mujeres como Ayineth que lideran con valentía a pesar del cansancio, y de hombres como Don Carlos que siguen creyendo que el trabajo honesto merece recompensa.

El paro continuará porque para estas comunidades no hay opción de rendirse. Han esperado demasiado, han confiado demasiadas veces en promesas vacías. Ahora, desde las carreteras bloqueadas, envían un mensaje claro: merecen dignidad, merecen respeto y merecen que sus derechos sobre la tierra sean finalmente reconocidos.

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