Un barrio en vilo, un batallón alerta

A las cinco, el barrio aún bostezaba. El camión no. Quedó cruzado en la vía, mudo y pesado, con una estructura que no encajaba en la rutina de Prados de Alcalá. Alguien entendió que no era normal. Llamó.
El resto fue velocidad: cintas amarillas, escudos, gritos medidos. Antiexplosivos subieron, revisaron, bajaron; luego vino el estallido controlado que hizo eco en paredes y pechos.
En la volqueta contaron 24 tatucos. Un número frío para un miedo cálido que se te pega a la piel cuando ves una calle vacía a la fuerza.
El batallón Simón Bolívar recibió la onda de un golpe que no terminó de ser. Quedaron ventanas heridas, un carro maltrecho y el registro meticuloso de los daños. La ciudad amaneció con un acorde nuevo: patrullas en loop, rumores, audios reenviados. “Fue aquí, fue allá, vienen más”, se decía en pasillos digitales.
Un video mostró a un hombre saltando de la cabina y escapando en moto. La imagen seco la garganta colectiva: había un plan. Y alguien lo ejecutó hasta el borde. Las autoridades hablaron de recompensas y cruces de información. El presidente escribió: “Se neutralizó el atentado”. El verbo aliviaba, el sustantivo pesaba.
El peritaje buscó trayectorias: ¿desde dónde llegó la volqueta?, ¿Quién montó la plataforma?, ¿Cuánto tardó el ensamblaje? Una crónica de huellas en asfalto. Cuando cayó la tarde, aún quedaban preguntas rebotando en los muros del batallón y en los grupos del barrio. El camión ya no estaba; el miedo, sí.
Tunja agregó una página a su archivo de sustos y reflejos. La vida siguió, un poco más alerta, un poco más junta. El tema sigue en desarrollo.
