Casetes: más que objetos, son memorias, ¿Los recuerdas?

Testimonios de quienes aman las cintas

Javier abre el cajón de su escritorio y extrae cuidadosamente una cinta de casete. La carátula está desgastada, los colores desvanecidos por el tiempo. Pero sus ojos brillan al recordar la tarde de 1987 cuando grabó por primera vez esa mezcla de canciones para impresionar a una chica. No importa que coleccionistas ofrezcan cientos de dólares por cintas similares. Esta no tiene precio.

En todo el mundo, miles de personas como Javier descubren que aquellas cintas olvidadas en cajas de cartón o armarios polvorientos han adquirido un valor inesperado. No solo económico. Cada casete guarda historias personales, momentos irrepetibles, fragmentos de vidas vividas al ritmo de canciones que marcaron épocas.

María, madre de dos adolescentes, encontró en el ático de sus padres una caja con más de cincuenta casetes originales de los años 80. Entre ellos, ediciones promocionales que nunca llegaron a tiendas. Un coleccionista español le ofreció mil euros por tres cintas. Ella dudó. “No sé si quiero vender los recuerdos de mi papá”, confesó en un foro de coleccionistas.

Las historias detrás de los casetes son tan valiosas como las cintas mismas. Andrés, coleccionista argentino de 42 años, relata cómo su pasión comenzó cuando su padre le regaló su primer Walkman a los diez años. “Ese aparato me acompañó en viajes familiares, tardes de estudio, primeras citas. Cuando mi papá falleció, encontré su colección completa. Cada cinta tiene su letra, sus anotaciones, sus listas de canciones. Es como tener pedazos de él todavía vivos”.

En Chile, Carolina gestiona un emprendimiento de casetes suecados: toma cintas sin carátula y encarga a artistas locales crear nuevas portadas interpretativas. “Al principio era solo un negocio”, explica. “Pero después empecé a recibir mensajes de personas emocionadas. Una señora me compró un casete de Phil Collins porque era la banda sonora de su matrimonio. Lloró al recibirlo. Ahí entendí que no vendía objetos, vendía emociones”.

Los coleccionistas jóvenes experimentan una nostalgia diferente, prestada. Daniela, de 23 años, nunca tuvo un reproductor de casetes en su infancia. Creció con Spotify y YouTube. Sin embargo, colecciona cintas de artistas de los 90. “Me encanta la idea de tener algo físico, real. Cuando escucho un casete, aunque sea de música que no conozco, siento que me conecto con el pasado. Es como viajar en el tiempo”.

Roberto trabaja en una tienda de música usada en Madrid. Cada semana recibe personas mayores queriendo vender colecciones completas. “Muchos llegan con lágrimas. Me dicen: ‘Mis hijos no quieren esto, pero yo no puedo tirarlo’. Les explico que ahora hay gente que paga bien por ciertas ediciones. Algunos se van contentos, otros prefieren conservarlas. El valor sentimental siempre supera al económico”.

La comunidad de coleccionistas en línea funciona como terapia grupal no oficial. Foros y grupos de Facebook reúnen miles de personas compartiendo fotografías de hallazgos, historias de búsquedas épicas, consejos de preservación. Luis, moderador de uno de estos grupos, observa: “La gente no solo habla de música. Comparten pedazos de vida. Un casete desencadena recuerdos de novias, trabajos, mudanzas, amigos que ya no están”.

Existen coleccionistas especializados en mixtapes caseros, esas cintas grabadas a mano por personas anónimas. Para ellos, el valor está precisamente en la imperfección, en las pausas entre canciones, en las voces grabadas accidentalmente. “Es como leer el diario íntimo de un desconocido”, explica Martín, quien ha reunido más de trescientas mixtapes. “Cada una cuenta una historia de amor, desamor, amistad. Son testimonios de humanidad”.

Cuando preguntamos a coleccionistas si venderían sus cintas más valiosas, las respuestas revelan una verdad profunda. El valor económico, por extraordinario que sea, rara vez compite con el valor afectivo. Un casete puede cotizarse en miles de euros en el mercado, pero para su dueño representa algo inconmensurable: un fragmento de identidad, un ancla temporal, una reliquia personal.

Las historias de las personas que coleccionan, conservan o redescubren casetes demuestran que este renacimiento va más allá de modas pasajeras o especulación comercial. En cada cinta magnética vive la prueba de que en un mundo acelerado y digital, seguimos necesitando objetos tangibles que nos recuerden quiénes fuimos, qué amamos y cómo vivimos. Los casetes, contra todo pronóstico, se convirtieron en guardianes de memoria colectiva e individual, tesoros que ninguna aplicación de streaming podrá reemplazar.

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