Testimonio de chofer revela el miedo en carreteras
El corazón de un conductor de tractocamión casi se detiene cuando comprendió que la emergencia médica que presenció en la vía Mondoñedo era una trampa. Lo que comenzó como un gesto de solidaridad humana se transformó en segundos en una pesadilla que pudo costarle no solo su carga de más de 2.000 millones de pesos, sino potencialmente su vida.
“Uno siempre para cuando ve una ambulancia o un accidente. Es lo que nos enseñaron nuestros padres: ayudar al prójimo. Nunca pensé que alguien podría usar eso en nuestra contra”, relató el conductor, aún visiblemente afectado por la experiencia. Su voz refleja la mezcla de alivio por haber sido rescatado a tiempo y la tristeza de perder la confianza en la bondad humana.
Detrás de cada tractocamión hay una historia familiar que depende de que ese viaje se complete exitosamente. Este conductor, padre de dos hijos, llevaba días fuera de casa cumpliendo su ruta de trabajo. El camión no solo transportaba mercancía; llevaba las esperanzas de una familia que esperaba su regreso seguro.
La jornada había comenzado como cualquier otra para este experimentado transportista. Con más de 15 años recorriendo las carreteras colombianas, pensaba que había visto de todo. La ruta Mondoñedo le era familiar; la había transitado cientos de veces. Esa familiaridad, irónicamente, casi se convierte en su mayor vulnerabilidad.
“Vi a un motociclista caído en la vía. Mi instinto fue frenar. Luego apareció la ambulancia con las sirenas encendidas”, recuerda con voz entrecortada. En ese momento, todos sus años de experiencia le decían que debía detenerse, permitir el paso de la emergencia, quizás ofrecer ayuda. La humanidad básica que lo caracteriza se convirtió en el punto de quiebre que los delincuentes calcularon explotar.
La esposa del conductor, quien prefirió mantener su identidad en reserva por seguridad, compartió su angustia al recibir la llamada que confirmaba que su esposo estaba bien. “Esos minutos fueron eternos. Pensé en lo peor. Pensé en mis hijos preguntando por su papá. El trabajo de transportista ya es suficientemente peligroso sin que existan personas que se aprovechen de la bondad ajena”, expresó entre lágrimas.
Los compañeros de trabajo del conductor en la empresa transportadora manifestaron su solidaridad y preocupación. “Todos estamos asustados. Si a él, que es uno de los más cuidadosos y experimentados, casi le ocurre esto, cualquiera de nosotros puede ser el siguiente”, comentó otro conductor que trabaja en la misma compañía. El miedo se ha instalado en el gremio.
Las familias de los transportistas viven con la angustia constante. Cada salida a carretera es una despedida que podría ser la última. Las esposas, los hijos, los padres, todos esperan con ansiedad el regreso. Esta nueva modalidad criminal añade una capa adicional de preocupación a una profesión ya marcada por riesgos inherentes.
“Mi hijo menor siempre me dice: ‘Papi, ten cuidado’. Ahora no sé qué decirle. ¿Cómo le explico que hasta ayudar puede ser peligroso?”, reflexiona el conductor mientras intenta procesar lo ocurrido. Su dilema resume un drama más amplio: la pérdida de confianza social y el debilitamiento de los vínculos de solidaridad comunitaria ante el avance del crimen.
Otros transportistas han comenzado a compartir sus propias experiencias cercanas. Situaciones sospechosas que ahora, en retrospectiva, cobran un nuevo significado. La comunidad de conductores está reaprendiendo a distinguir entre emergencias reales y simulaciones criminales, una habilidad que ninguno imaginó necesitaría desarrollar.
El conductor protagonista de esta historia continúa trabajando, porque sus responsabilidades familiares no le dan opción de pausar. Sin embargo, algo cambió en él. La carretera que recorría con familiaridad ahora le genera ansiedad. Cada ambulancia que ve activa su sistema de alerta. La espontaneidad de ayudar ha sido reemplazada por la cautela constante.
“Solo quiero que mi historia sirva para que otros conductores estén alertas. Y quiero que las autoridades entiendan que no estamos pidiendo privilegios, estamos pidiendo poder trabajar sin miedo. Queremos regresar a casa con nuestras familias”, concluyó. Sus palabras resuenan como el clamor de miles de transportistas que, día a día, mantienen en movimiento la economía del país mientras enfrentan riesgos que van más allá de lo razonable.

