Residentes escucharon su voz y llamaron a emergencias
En uno de los tantos edificios de la localidad de Suba, un niño de 8 años decidió hacer algo que para muchos adultos resulta difícil: pedir ayuda. Desde la ventana de un tercer piso, su voz se mezcló con el ruido de la calle mientras repetía que tenía hambre y que estaba solo. Para algunos vecinos fue, al comienzo, un comentario más en medio del tráfico y las conversaciones del barrio. Para otros, en cambio, fue imposible ignorar el tono de urgencia con el que el menor pedía comida y compañía.
Una residente del sector —cuyo nombre se reserva por seguridad— fue una de las primeras en reaccionar. Cuenta que, al ver al niño asomado, sintió miedo de que pudiera caer. Lo llamó por su nombre, trató de tranquilizarlo y le prometió que buscaría ayuda. Otros vecinos se asomaron a ventanas y balcones, algunos le ofrecieron alimentos desde la distancia, mientras comenzaban a circular mensajes en los grupos de chat del conjunto, preguntando si alguien conocía a la familia del menor o sabía si estaba pasando por dificultades.
Al ver que nadie respondía por él y que no aparecía ningún adulto en el apartamento, la comunidad decidió llamar a la línea 123. Para varios habitantes fue una decisión obvia; para otros, un dilema, pues temían “meterse en problemas” con los posibles familiares. Finalmente, pesó más la preocupación por el niño que el temor a represalias. Minutos después llegaron los uniformados de la Seccional de Protección y Servicios Especiales, quienes encontraron al menor aún en la ventana, esta vez rodeado por la mirada atenta de casi todo el edificio.
Mientras la Policía verificaba los protocolos, algunos vecinos bajaron a la portería para servir de puente entre la comunidad y las autoridades. Relataron que el niño había mencionado estar solo desde que salió del colegio y que no tenía qué comer. Uno de ellos llevó una pequeña porción de comida y agua que, según cuentan, el menor recibió con timidez y alivio. La escena, que pudo haber pasado inadvertida en una ciudad tan grande como Bogotá, se convirtió en un momento de solidaridad barrial.
Cuando los uniformados ingresaron al apartamento, describieron un lugar con malas condiciones de higiene y desorden, lo que reforzó la sensación de que el niño llevaba tiempo en un entorno poco adecuado. Para los residentes fue duro escuchar que, más allá del hambre y la soledad de esa tarde, la historia del menor podría esconder problemas más profundos en su entorno familiar. La idea de que el edificio donde viven fuera escenario de abandono infantil los confrontó con la pregunta de cuántas veces se escuchan llantos, golpes o gritos que prefieren no atender.
Tras el rescate, el niño fue puesto en manos de la autoridad administrativa encargada de restablecer sus derechos. La información sobre su paradero exacto se mantiene reservada, pero en el barrio quedó el recuerdo de su voz y de la imagen de un niño apoyado en una ventana buscando a quien lo escuchara. Algunos vecinos han expresado su deseo de saber cómo está, aunque entienden que la confidencialidad es parte de su protección.
Días después, el tema sigue siendo conversación en los pasillos, las porterías y las tiendas cercanas. Varios residentes reconocen que el caso les cambió la forma de mirar lo que ocurre puertas adentro en los edificios de Suba. Ahora dicen estar más atentos a cualquier señal de que un niño pueda estar solo o en peligro. Otros se organizan para proponer actividades comunitarias y fortalecer los lazos entre familias, con la idea de que si alguien vuelve a pedir ayuda desde una ventana, la respuesta sea aún más rápida.
La historia del niño que pidió ayuda desde una ventana en Suba es también la historia de un barrio que decidió no ser indiferente. Su rescate, posible gracias a la reacción de vecinos y a la intervención de la Policía, resalta el papel clave de la comunidad en la protección de la niñez en Bogotá. En una ciudad donde el maltrato infantil sigue en aumento, casos como este recuerdan que escuchar, llamar a emergencias y acompañar a los menores en riesgo puede marcar la diferencia entre el abandono y la esperanza.

