Las historias detrás de los 20 cambuches de Comuneros

La jornada dejó residuos fuera del canal y personas sin refugio

Cuando los camiones y las cuadrillas naranja llegaron al Canal Comuneros, no solo se encontraron con montañas de basura y escombros. También hallaron colchones viejos, cobijas desgastadas, ollas negras por el uso y pequeñas repisas improvisadas con tablas: las señales de que, en medio del concreto y el agua estancada, allí se había construido una suerte de hogar. Los 20 cambuches desmontados durante la jornada de limpieza eran, para decenas de personas, el único techo disponible en el corazón de Bogotá.

“Yo llevo aquí más de un año”, cuenta uno de los habitantes de calle, que observa a pocos metros cómo desarman la estructura que lo protegía del frío. Asegura que sabe que el canal no es un lugar seguro, pero que no tiene otra opción. Funcionarios de Integración Social se le acercan, le explican que puede ir a un hogar de paso y acceder a comida y atención básica. Él escucha, asiente con la cabeza, pero duda. Como él, varios repiten la misma frase: “No es fácil dejar el cambuche, aquí uno por lo menos sabe dónde está”.

Mientras tanto, en la parte alta del canal, comerciantes y vecinos de Los Mártires siguen con atención la jornada. Para muchos, el operativo es un respiro. Relatan que, en las noches, el sector se había vuelto intransitable, y que los olores, las basuras y los episodios de violencia eran cada vez más frecuentes. Algunos reconocen que sienten compasión por quienes vivían allí, pero también hablan del miedo a ser asaltados o a que los clientes dejaran de venir a sus negocios por la sensación de inseguridad.

Entre el ruido de las palas y el motor de los compactadores, un equipo de la Secretaría de Seguridad se mueve recogiendo información y dialogando con la comunidad. Explican que el operativo no solo busca limpiar, sino reducir riesgos para todos: para quienes viven en los cambuches, para quienes transitan por el sector y para la ciudad en general. Recuerdan que en el canal se han encontrado armas blancas y estupefacientes, y que la mezcla de consumo, hacinamiento y basura es explosiva en términos de seguridad y salubridad.

Las historias personales se mezclan con los datos fríos: dos toneladas de residuos, 20 cambuches desmontados, armas incautadas. Una mujer que se presenta como recicladora muestra la carreta donde guarda el material que recoge en las calles; dice que no sabe si podrá seguir durmiendo cerca del canal y teme que, sin un lugar fijo, también pierda sus rutas de trabajo. Un funcionario le ofrece acompañamiento para ubicar un albergue y vincularla a programas de generación de ingresos. Ella responde que lo pensará, porque ya ha estado en hogares donde no se ha sentido bien.

En medio de estas tensiones, la jornada avanza. Algunos habitantes de calle aceptan subirse a los buses que los llevarán a centros de atención, otros se dispersan buscando nuevos puntos donde instalar sus pertenencias. El canal, poco a poco, queda despejado; donde antes había estructuras improvisadas, ahora se ve el concreto y las brigadas de limpieza pasando las escobas. La escena deja una sensación ambivalente: por un lado, alivio por la recuperación del espacio; por otro, preocupación por el destino de quienes vivían allí.

Al finalizar el día, representantes del Distrito insisten en que este tipo de operativos deben ir de la mano de una política social de largo plazo, que incluya más cupos en hogares de paso, procesos de rehabilitación de consumo y oportunidades reales de empleo. Para muchos habitantes de calle, el problema no es solo dónde dormir hoy, sino cómo reconstruir un proyecto de vida lejos de los canales y de las rondas de las quebradas. Mientras esa respuesta estructural llega, el Canal Comuneros simboliza ese punto de encuentro entre la necesidad de orden urbano y la realidad de las vidas que la ciudad no siempre quiere ver.

La recuperación del Canal Comuneros dejó 20 cambuches menos y dos toneladas de residuos fuera del cauce, pero también puso bajo la lupa la situación de los habitantes de calle en Bogotá. Para que las jornadas de limpieza sean sostenibles, organizaciones sociales y autoridades coinciden en que es necesario fortalecer las rutas de atención y ofrecer alternativas reales de inclusión. Solo así, señalan, será posible mantener el canal limpio y seguro sin que nuevas familias y personas vulnerables terminen levantando cambuches en el mismo lugar.

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