Detrás de las capturas: historias de traición y supervivencia

¿Paz real o reacomodo criminal en los territorios?

En Apartadó, la gente aún comenta en voz baja sobre el día que cayó “el empresario de las droguerías”. Rubén Darío González Hoyos circulaba por las calles del municipio en una camioneta último modelo, saludaba a los vecinos y patrocinaba eventos locales. Nadie imaginaba que detrás de esa fachada de próspero comerciante se escondía alias Secre, uno de los principales financieros del Clan del Golfo en el Urabá. Su arresto, como el de otros narcotraficantes camuflados de empresarios, ha generado desconfianza en comunidades que ya no saben a quién creer.

María, una comerciante de San Pedro de Urabá que prefiere no revelar su apellido por seguridad, expresa la incertidumbre que viven miles de personas en la región: “Uno ya no sabe quién es quién. El que tiene el negocio bonito, el que anda en carro nuevo, el que da empleo… todos pueden ser de ellos. Y ahora dicen que se están delatando entre ellos, que están entregando a unos para salvar a otros. Nosotros en medio, sin saber qué va a pasar”.

Las conversaciones de paz en Catar parecen muy lejanas para quienes conviven diariamente con la presencia del Clan del Golfo. Mientras los líderes negocian en salones de un país del Golfo Pérsico, en los barrios y veredas de Antioquia, Córdoba y Chocó, la gente observa con escepticismo y temor cómo se desarrolla lo que algunos llaman proceso de paz y otros denominan simplemente “acomodo de poder”.

En Montería, el conjunto residencial donde vivía Roy Fernando Abuchar Cassiani, alias Roy, aún procesa la sorpresa de haber tenido como vecino a un narcotraficante buscado. “Era muy educado, siempre bien vestido, hablaba de sus proyectos de construcción”, recuerda una vecina que pide anonimato. “Mis hijos jugaban cerca de donde él caminaba. Pensar que todo ese dinero venía de la coca, que esa persona tranquila coordinaba laboratorios… es aterrador. Uno siente que vivía al lado del peligro sin saberlo”.

Estas historias de dobles vidas se repiten en varias ciudades. Los narcotraficantes del Clan del Golfo han perfeccionado el arte del camuflaje social, invirtiendo en negocios legítimos que les permiten mezclarse con la clase empresarial. Droguerías, constructoras, empresas de minería: todas son fachadas perfectas que generan empleo real y movimiento económico, ocultando el origen criminal de los recursos.

Para las comunidades, esto crea un dilema moral complejo. “Aquí todos sabíamos que algo raro pasaba, pero esas droguerías daban trabajo a gente del pueblo”, comenta un líder comunal de Apartadó que solicita no ser identificado. “Cuando cae uno de estos, se pierde el empleo, pero también se respira un poco más tranquilo. Es complicado porque la economía de estos pueblos depende mucho de ese dinero, así sepamos que viene de cosas malas”.

Las delaciones que ahora investigan las autoridades tienen un impacto directo en la dinámica social de estos territorios. Los rumores de traición generan paranoia dentro de las organizaciones criminales, y esa tensión se traslada a las comunidades. “Cuando ellos empiezan a desconfiar entre sí, los primeros que pagamos somos nosotros”, explica una maestra de una vereda del Urabá. “Aumentan los retenes ilegales, las amenazas, las desapariciones. Dicen que están buscando sapos, pero en el proceso nos revisan a todos, nos interrogan, nos vigilan”.

Las familias que tienen miembros vinculados al clan viven momentos de angustia particular. Una madre en Turbo, que prefiere mantener su identidad reservada, cuenta su drama: “Mi hijo se metió con ellos hace años, yo siempre le dije que eso iba a terminar mal. Ahora con esto de que se están entregando unos a otros, yo no duermo pensando si él va a delatar a alguien o si alguien lo va a delatar a él. O peor, si va a quedar en medio de sus ajustes de cuentas. Uno como madre no sabe ni qué desear: ¿que lo cojan y vaya a la cárcel pero esté vivo, o que siga escondido?”.

Los líderes sociales y defensores de derechos humanos en la región observan con preocupación lo que consideran una estrategia calculada del clan. “No creemos que estas entregas sean casuales ni que respondan a arrepentimientos genuinos”, señala un activista que trabaja en el Bajo Cauca. “Lo que estamos viendo es una reorganización. Entregan a los que saben demasiado o a los que ya no les sirven, y así consolidan el poder de los de arriba. Mientras tanto, en las comunidades seguimos esperando que algún día esto cambie de verdad”.

Para los jóvenes de estas regiones, la situación representa un dilema existencial. En pueblos donde las oportunidades laborales son escasas, el clan ha sido históricamente una opción de subsistencia, así sea ilegal y peligrosa. “Yo tengo 20 años y aquí no hay trabajo”, dice un joven de Necoclí. “Mis amigos que se fueron con ellos hace unos años tienen motos, celulares buenos, le ayudan a su familia. Yo me aguanto porque mi mamá me lo ruega, pero vea lo difícil: aguantar el hambre sabiendo que con ellos podría tener plata. Y ahora con eso de la paz en Catar, uno no sabe si esperar o si igual nada va a cambiar para nosotros los de abajo”.

Detrás de cada captura hay historias de comunidades atrapadas en dinámicas que no eligieron pero que marcan su cotidianidad. Las conversaciones de paz en Catar generan esperanzas tímidas, mezcladas con un escepticismo profundo basado en décadas de promesas incumplidas. “Nosotros ya vimos muchos procesos de paz, muchas negociaciones, muchas promesas”, reflexiona un pescador de Turbo. “Cuando vemos que caen unos y otros siguen negociando, lo que pensamos es que están haciendo sus negocios entre ellos, pero que para nosotros todo va a seguir igual”.

Las familias del Urabá, el Bajo Cauca y el Pacífico colombiano continúan su vida entre el miedo y la resiliencia, esperando que algún día la paz sea algo más que conversaciones en países lejanos y que las capturas representen verdadera justicia y no simples reacomodos de poder. Mientras tanto, siguen navegando la incertidumbre de no saber en quién confiar, a quién creer, y cuándo, si acaso alguna vez, podrán vivir sin la sombra permanente de la violencia que ha marcado sus territorios por generaciones.

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