Colombia busca su próximo presidente entre opciones polarizadas
En las calles de Bogotá, Cali, Medellín y cada rincón de Colombia, se está escribiendo el primer capítulo de una historia que definirá el rumbo del país durante los próximos cuatro años. Es noviembre de 2025, y las primeras encuestas después de meses de silencio legal han revelado lo que muchos intuían pero pocos se atrevían a pronunciar: Colombia enfrenta la elección presidencial más abierta e impredecible de su historia reciente.
Las cifras parecen simples al principio. Tres nombres destacan entre casi un centenar de aspirantes: Iván Cepeda con 20,9%, Abelardo de la Espriella con 14,4%, Sergio Fajardo con 7,8%. Pero estos porcentajes son apenas la superficie de una narrativa compleja donde se entrelazan décadas de historia política, transformaciones sociales profundas y las expectativas de un electorado cada vez más escéptico y exigente.
Lo que hace única esta contienda no es solo quiénes lideran, sino quiénes aún no han decidido. El 62% de colombianos permanece en suspenso, observando, evaluando, esperando. Como en una gran obra de teatro donde el público todavía no ha elegido a su protagonista favorito, el primer acto apenas comienza y el desenlace permanece envuelto en misterio.
La escena uno se desarrolla en el Congreso de la República, donde Iván Cepeda ha pasado las últimas dos décadas construyendo una reputación de defensor incorruptible de los derechos humanos. Su historia es la de un hijo que transformó el dolor por el asesinato de su padre en una misión de vida. Cada debate, cada denuncia, cada ley que ha impulsado lleva la marca de alguien que conoce el precio de la violencia política. El 26 de octubre de 2025, cuando ganó la consulta del Pacto Histórico, no celebró con euforia sino con la solemnidad de quien entiende la responsabilidad que acaba de asumir.
En contraste, la escena dos nos lleva a los juzgados, donde Abelardo de la Espriella forjó su imagen pública defendiendo casos que acaparaban titulares. Este abogado penalista nunca tuvo un camino tradicional hacia la política. Su entrada fue lateral, disruptiva, construida sobre la exposición mediática y un discurso directo que conectó con sectores hartos de la retórica política convencional. Cuando el 11 de noviembre llenó el Movistar Arena con 15.000 personas para lanzar su campaña, el mensaje fue claro: había llegado un nuevo actor dispuesto a cambiar las reglas del juego.
La escena tres se sitúa en Medellín, ciudad que Sergio Fajardo transformó cuando muchos la daban por perdida. Las bibliotecas construidas en las comunas más violentas, los parques que reemplazaron territorios del crimen, la educación como eje del desarrollo: ese legado sigue siendo su carta de presentación. Pero Medellín fue hace dos décadas. Ahora, en su tercera candidatura presidencial, Fajardo enfrenta el desafío de convencer a una generación que no vivió aquella transformación y que pregunta qué ha hecho últimamente más allá de presentarse a elecciones.
Mientras estos tres personajes ocupan el centro del escenario, los telones laterales están poblados de figuras secundarias que podrían convertirse en protagonistas. Vicky Dávila, la periodista que pasó de investigar el poder a querer ejercerlo. Miguel Uribe Londoño, recuperándose de un atentado que ironicamente aumentó su visibilidad. Juan Manuel Galán, heredero de un apellido legendario pero todavía buscando su propia voz. Claudia López, ex alcaldesa de Bogotá tratando de reinventarse nacionalmente. Cada uno espera su momento para saltar al primer plano.
Pero los verdaderos gigantes de esta obra no están en el escenario. Entre bastidores, Gustavo Petro y Álvaro Uribe ejercen su influencia como directores invisibles que mueven los hilos de sus respectivos bandos. Petro busca un sucesor que consolide su legado progresista sin replicar sus errores; Uribe intenta unificar una derecha fragmentada que amenaza con desperdiciar la oportunidad de retomar el poder. Las encuestas muestran que el 23,8% votaría por quien Petro recomiende, el 18,6% por el candidato de Uribe. El peso de ambos patriarcas políticos continúa siendo gravitacional.
El cuarto acto, aún no representado, será crucial. Diciembre de 2025 traerá el intento de unificar candidaturas mediante encuestas. Marzo de 2026 las consultas interpartidistas. Mayo la primera vuelta. Junio la definitiva. Cada etapa es un punto de giro donde alianzas pueden formarse o romperse, donde candidatos pueden ascender meteóricamente o desvanecerse en el olvido político. La volatilidad del electorado añade suspenso: cualquier escándalo, cualquier crisis, cualquier frase desafortunada puede reescribir completamente el guión.
Entre todos estos personajes y tramas, el protagonista ausente pero omnipresente es el pueblo colombiano. Ese 62% indeciso no es apático; es críticamente selectivo. Ha visto demasiadas promesas rotas, demasiados políticos que cambiaron al llegar al poder, demasiadas campañas llenas de esperanza que terminaron en desilusión. Ahora observa con recelo, evalúa con dureza, y solo dará su confianza a quien demuestre merecerla. Esta audiencia exigente será quien, en última instancia, escriba el capítulo final de esta historia.
A medida que 2025 termina y 2026 se aproxima, Colombia se prepara para uno de los espectáculos políticos más fascinantes de su historia democrática. No hay un final escrito, no hay favorito claro, no hay desenlace predecible. Como en las mejores historias, la incertidumbre es lo que mantiene el interés, lo que genera tensión, lo que hace que cada nuevo capítulo —cada nueva encuesta, cada debate, cada propuesta— sea esperado con ansiedad.
La pregunta que resonará durante los próximos meses no es simplemente “¿quién ganará?”, sino “¿qué tipo de país será Colombia después de esta elección?”. La respuesta dependerá de millones de decisiones individuales, de conversaciones en hogares y lugares de trabajo, de esperanzas y temores que se irán definiendo a medida que la historia avance. El primer acto ha terminado. El segundo está por comenzar. Y Colombia, protagonista y testigo de su propio destino, espera ansiosamente ver cómo continúa esta narrativa.

