Jugadores que probablemente perdieron su última oportunidad
Cuando el árbitro pitó el final del partido entre Nigeria y República Democrática del Congo, millones de nigerianos vieron cómo su sueño mundialista se desvanecía en una tanda de penales. Victor Osimhen, una de las estrellas del fútbol africano, cayó de rodillas en el césped de Rabat sin poder creer que su generación no estará en el Mundial 2026. Su expresión de incredulidad resume el sentimiento de las más de 140 selecciones que quedaron fuera del torneo más importante del fútbol.
En Chile, la eliminación significó algo más que un resultado deportivo. Significa que Arturo Vidal, Gary Medel y otros sobrevivientes de la “Generación Dorada” que conquistó dos Copas América vieron pasar su última oportunidad mundialista. Los hinchas chilenos que viajaron a Buenos Aires para el partido contra Argentina sabían que era el final de una era, independientemente del resultado. Algunos lloraron en las gradas no solo por la derrota sino por el cierre de un ciclo glorioso.
En Honduras, el drama alcanzó dimensiones cinematográficas. El empate contra Costa Rica parecía suficiente para la clasificación hasta que llegó la noticia del gol de Surinam en el último minuto. Los jugadores hondureños pasaron de la euforia contenida a la desesperación absoluta en segundos. Anthony Lozano, delantero del equipo, se desplomó al centro del campo mientras sus compañeros intentaban procesar que habían quedado fuera sin perder su partido.
Las historias detrás de las eliminaciones trascienden los números y las tablas de posiciones. En Nigeria, el técnico Eric Chelle llegó a principios de 2025 con la misión de llevar a las Súper Águilas de regreso al Mundial después de perderse Qatar 2022. Trabajó con jugadores de élite que militan en los mejores clubes europeos, pero la eliminación representa el fracaso de un proyecto nacional que involucró inversiones millonarias y expectativas de una población de más de 200 millones de habitantes.
Para los futbolistas nigerianos en Europa, la noticia llegó como un golpe devastador. Osimhen, Lookman y otros referentes saben que para 2030 tendrán 31 años o más, posiblemente su última oportunidad mundialista real. En redes sociales, los mensajes de disculpa de los jugadores a su país recibieron miles de respuestas de hinchas entre el apoyo y la frustración. Una generación de nigerianos crecerá sin ver a su selección en un Mundial, lo que tiene implicaciones profundas en un país donde el fútbol es más que deporte.
En Perú, la eliminación reabrió heridas recientes. Después de participar en Rusia 2018 tras 36 años de ausencia, la selección incaica ha quedado fuera de las últimas dos Copas del Mundo consecutivas. Paolo Guerrero, máximo goleador histórico de la selección, se retiró sin lograr su objetivo de despedirse en un Mundial más. Los hinchas peruanos que llenaron el Estadio Nacional en cada partido de local vieron cómo las derrotas de visitante condenaron las aspiraciones de su equipo.
En Costa Rica, la eliminación cerró un ciclo dorado que incluyó cuartos de final en Brasil 2014. Keylor Navas, portero legendario que defendió la camiseta tica en tres Mundiales, probablemente no tendrá una cuarta oportunidad. Los aficionados costarricenses, acostumbrados a celebrar clasificaciones contra todo pronóstico, enfrentan la realidad de que su fútbol atraviesa una transición generacional que no ha producido los resultados esperados.
Chile vive un duelo colectivo particular. La selección que conquistó América dos veces en 2015 y 2016 no logra clasificar a un Mundial desde Brasil 2014. Alexis Sánchez, Arturo Vidal y Claudio Bravo vieron pasar sus últimos años de carrera sin poder disputar otra Copa del Mundo. Los hinchas chilenos que presenciaron la época dorada ahora deben aceptar que probablemente pasará una década o más antes de que su selección regrese al máximo escenario.
Para países pequeños que nunca han clasificado a un Mundial, cada eliminatoria representa una esperanza renovada que inevitablemente termina en decepción. Guatemala, El Salvador y otros equipos centroamericanos luchan contra limitaciones estructurales que hacen casi imposible competir con selecciones más establecidas. Sus jugadores, muchos militando en ligas locales con salarios modestos, entrenan y juegan con la misma pasión que las estrellas millonarias, sabiendo que las probabilidades están en su contra.
En familias de todo el mundo, la eliminación de su selección nacional tiene consecuencias que van más allá del deporte. Padres que planeaban llevar a sus hijos al Mundial deben cancelar viajes soñados durante años. Comunidades de inmigrantes que esperaban reunirse para apoyar a su país de origen deberán esperar ocho años más. El Mundial no es solo un torneo de fútbol sino un acontecimiento cultural global que estas 140 naciones no vivirán.
Mientras 48 selecciones celebran su clasificación y sus aficiones planean viajes a Norteamérica, las 140 eliminadas enfrentan el largo camino hacia el siguiente ciclo clasificatorio. Para algunos jugadores, especialmente aquellos cerca de los 30 años, esta fue probablemente su última oportunidad real. Para las aficiones, significa esperar hasta 2030 con la esperanza de que la siguiente generación logre lo que esta no pudo.
Las historias de estas eliminaciones se recordarán de formas distintas en cada país. Algunas inspirarán cambios profundos en estructuras federativas, otras simplemente se archivarán como fracasos colectivos que nadie quiere revivir. Pero en todas ellas hay un denominador común: millones de personas que soñaban con ver a su país en el Mundial y ahora deben aprender a vivir con esa ausencia durante los próximos años.

