testimonios revelan cómo empleos transforman vidas
María tiene 38 años y un pequeño negocio de repostería que cambió su vida. Durante quince años vivió atrapada en una relación violenta, incapaz de irse porque no tenía dinero propio ni a dónde ir con sus tres hijos. Su historia, como la de millones de mujeres, ilustra cómo la dependencia económica puede convertirse en una prisión invisible.
El punto de quiebre llegó cuando una organización local le ofreció un curso gratuito de repostería y un pequeño préstamo para comprar un horno. Con su primera ganancia, apenas suficiente para la semana, María sintió algo que no experimentaba desde su juventud: la posibilidad de imaginar un futuro diferente. Seis meses después, había ahorrado lo suficiente para rentar una habitación y abandonar definitivamente a su agresor.
Historias como la de María se multiplican en refugios, organizaciones de mujeres y programas de empoderamiento económico alrededor del mundo. Cada testimonio confirma lo que las estadísticas demuestran: cuando las mujeres pueden sostenerse económicamente, encuentran la fuerza para romper ciclos de violencia que parecían eternos.
Lucía trabajaba limpiando casas de manera informal cuando conoció a su expareja. Al inicio parecía un hombre generoso, pero gradualmente comenzó a prohibirle trabajar, argumentando que él proveería todo lo necesario. Sin ingresos propios, Lucía se encontró completamente aislada. Cuando las agresiones comenzaron, no tenía dinero ni siquiera para el autobús que la llevaría a la casa de su madre.
El primer obstáculo que enfrentan las sobrevivientes de violencia es precisamente la supervivencia material. Alejandra, psicóloga especializada en violencia de género, explica que en sus consultas escucha repetidamente la misma pregunta angustiante: “¿Cómo voy a mantener a mis hijos?”. El miedo a la pobreza, a la calle, al hambre de los niños, mantiene a muchas mujeres en relaciones que ponen en riesgo su vida.
Rosa encontró en el tejido no solo una fuente de ingresos sino también una comunidad. En un programa de emprendimiento conoció a otras mujeres con historias similares a la suya. Juntas formaron una cooperativa que hoy produce artesanías para mercados locales. “No solo ganamos dinero”, cuenta Rosa, “aprendimos que valemos, que podemos lograr cosas, que no necesitamos depender de nadie que nos maltrate”.
El camino hacia la autonomía económica está sembrado de obstáculos específicos para sobrevivientes de violencia. Carmen intentó conseguir empleo formal pero su expareja la acosaba en los lugares de trabajo, logrando que la despidieran dos veces. Otras mujeres carecen de documentos de identidad que sus agresores destruyeron o escondieron. Algunas nunca tuvieron acceso a educación formal, limitando drásticamente sus opciones laborales.
Los refugios para mujeres víctimas de violencia han incorporado programas de capacitación laboral como componente fundamental de su atención. Diana, directora de uno de estos espacios, relata que las mujeres llegan quebradas emocionalmente, pero cuando comienzan a generar sus primeros ingresos, algo cambia radicalmente. “Ver que pueden mantenerse solas les devuelve algo que la violencia les quitó: la confianza en sí mismas”, explica.
Patricia era profesional con un buen empleo cuando comenzó su relación abusiva. Su caso desmiente el mito de que la violencia solo afecta a mujeres pobres. Su pareja, también profesional, utilizó manipulación psicológica para controlar sus finanzas, exigiendo que depositara su salario en una cuenta conjunta que él administraba. Patricia se encontró con título universitario pero sin acceso a su propio dinero, tan atrapada como mujeres sin educación formal.
Las historias de recuperación comparten elementos comunes: una red de apoyo, acceso a recursos materiales y un proceso gradual de reconstrucción de la autoestima. Sofía, quien ahora dirige un programa de microcréditos para sobrevivientes, reflexiona: “Darles herramientas para ganar dinero es fundamental, pero igualmente importante es acompañarlas para que crean que merecen ese dinero, que pueden administrarlo, que tienen derecho a decidir sobre él”.
Cada mujer que logra conquistar su autonomía económica escribe una historia de resistencia y esperanza. Estas narrativas personales revelan verdades que las estadísticas apenas capturan: la inmensa valentía que requiere comenzar de cero, la creatividad para generar ingresos con recursos mínimos, y la solidaridad entre mujeres que se sostienen mutuamente en el camino hacia la libertad.
Las historias de María, Lucía, Rosa, Carmen, Diana, Patricia y Sofía nos recuerdan que detrás de cada cifra sobre violencia de género hay una persona real con sueños, miedos y una fuerza extraordinaria. Garantizar que todas las mujeres puedan sostenerse económicamente no es solo una política pública, es devolver dignidad y futuro a millones que merecen vivir sin violencia.

