Conductor de bus evitó tragedia mayor, dicen testigos
El lunes 24 de noviembre comenzó como un día normal para los 26 pasajeros que abordaron el bus de Flota Los Libertadores con destino a Tunja. Ninguno de ellos imaginaba que minutos después vivirían uno de los momentos más aterradores de sus vidas en el sector de Tierranegra, Ventaquemada.
El viaje transcurría con normalidad cuando, de forma repentina, una tractomula se cruzó en el camino del bus. Los pasajeros apenas tuvieron tiempo de registrar lo que sucedía antes de sentir el impacto violento que sacudió el vehículo de lado a lado.
Los gritos, el sonido del metal retorciéndose y la confusión inicial dieron paso a una preocupación colectiva: saber quién estaba bien y quién necesitaba ayuda urgente. En medio del caos, la solidaridad entre desconocidos se convirtió en el hilo conductor de los minutos que siguieron al accidente.
Los testimonios de quienes viajaban en el bus coinciden en un punto: todo sucedió demasiado rápido. Algunos pasajeros recuerdan haber visto de reojo cómo la tractomula se acercaba peligrosamente, mientras otros solo sintieron el impacto sin comprender qué había ocurrido hasta varios segundos después.
Entre los pasajeros se encontraban personas de diferentes edades y con distintos propósitos de viaje. Había quienes viajaban por trabajo, estudiantes regresando a sus hogares, familias visitando a sus seres queridos. Cada uno con sus propias historias, todos unidos por esos minutos de incertidumbre tras el choque.
El conductor del bus, cuyo nombre no ha sido revelado por las autoridades, es considerado por varios pasajeros como una figura clave en evitar consecuencias más graves. Testigos señalan que, a pesar de no poder evitar el impacto, su manejo del vehículo en los segundos previos y posteriores al choque ayudó a mantener cierto control sobre la situación.
Los primeros minutos después del accidente fueron cruciales. Mientras algunos pasajeros lograron salir por sus propios medios, otros necesitaron asistencia de sus compañeros de viaje. La colaboración espontánea entre extraños demostró cómo en momentos de crisis aflora lo mejor del ser humano.
Las familias que esperaban a sus seres queridos en Tunja vivieron horas de angustia tras enterarse del accidente. Las llamadas telefónicas desde el lugar de los hechos fueron el único consuelo para quienes no podían llegar inmediatamente al sitio. El alivio de saber que no había víctimas fatales fue generalizado.
Los dos pasajeros que debieron ser hospitalizados recibieron el apoyo constante tanto del personal médico como de sus compañeros de viaje, quienes se mantuvieron pendientes de su evolución. Las familias agradecieron la rápida respuesta de los servicios de emergencia, que atendieron con profesionalismo y calidez humana.
Para muchos de los pasajeros, esta experiencia dejará una huella imborrable. Algunos han expresado temor de volver a viajar por esa ruta, mientras otros destacan la importancia de valorar cada momento y cada viaje. Lo que para todos comenzó como un trayecto rutinario se convirtió en un recordatorio de la fragilidad de la vida.
Los días posteriores al accidente han estado marcados por la reflexión para quienes lo vivieron. Varios pasajeros han manifestado su deseo de mantenerse en contacto, unidos por la experiencia compartida. Algunos incluso han planteado la posibilidad de reunirse para agradecer a quienes los asistieron ese día.
Las historias individuales de cada pasajero se entrelazan ahora en una narrativa común de supervivencia y resiliencia. Más allá de las estadísticas y los reportes oficiales, este accidente representa 26 vidas que continuarán su camino con una nueva perspectiva sobre lo frágil y valioso que es cada trayecto.

