Detrás del debate, millones esperan dignidad salarial
Para María, madre soltera de dos hijos que trabaja como cajera en un supermercado, la propuesta de un salario mínimo de tres millones de pesos suena a un sueño casi inalcanzable. Como millones de colombianos, ella estira su salario actual hasta límites inimaginables, decidiendo cada mes entre pagar servicios públicos completos o comprar útiles escolares, entre llevar a los niños al médico o pagar el arriendo a tiempo.
La cifra presentada por el ministro de Trabajo, basada en estudios de la Organización Internacional del Trabajo, no es solo un número en una negociación económica. Representa la diferencia entre vivir con dignidad o sobrevivir con angustia permanente. Son tres millones que podrían significar dejar de elegir entre comer bien o vestir adecuadamente, entre tener un techo seguro o acceder a educación de calidad para los hijos.
Sin embargo, la controversia generada por esta propuesta deja a trabajadores como María en un limbo de esperanza y temor. Esperanza de que finalmente sus esfuerzos diarios se vean reflejados en un salario justo, y temor de que las discusiones económicas terminen una vez más favoreciendo estadísticas sobre personas, números sobre necesidades reales.
Detrás de las cifras y los debates económicos existen millones de historias personales que rara vez se escuchan en las mesas de negociación. Trabajadores que se levantan antes del amanecer, viajan en transporte público abarrotado durante horas, laboran jornadas extenuantes y regresan a casa con apenas energía para compartir con sus familias. Son personas que no piden lujos, solo un salario que les permita vivir sin la angustia constante de no poder cubrir las necesidades básicas de sus seres queridos.
La propuesta de tres millones de pesos resuena de manera especial en hogares donde múltiples miembros de la familia deben trabajar para alcanzar un ingreso que permita sobrevivir. En muchos casos, ambos padres tienen empleos formales con salario mínimo y aun así deben recurrir a trabajos informales adicionales durante fines de semana o por las noches. Los hijos mayores muchas veces abandonan sus estudios para contribuir al sustento familiar, perpetuando ciclos de pobreza que se extienden a través de generaciones.
Cuando el ministro Sanguino habla de “salario vital”, está dando voz a una realidad que millones de colombianos viven diariamente. Las familias conocen perfectamente cuánto cuesta llenar un mercado que realmente alimente bien a cuatro personas durante un mes. Saben cuánto es el arriendo de una vivienda decente en barrios seguros. Están conscientes del costo del transporte, de los uniformes y útiles escolares, de los medicamentos cuando alguien se enferma. Y saben, con dolorosa claridad, que el salario actual no alcanza para cubrir todo esto.
Las cifras de la OIT sobre necesidades básicas no son abstracciones técnicas para quienes viven con salario mínimo. Son la confirmación estadística de lo que experimentan cada día: que sus ingresos son insuficientes. Cuando se habla de alimentación adecuada, ellos saben que significa comer tres veces al día con proteínas suficientes, no solo llenar el estómago con carbohidratos económicos. Cuando se menciona vestuario apropiado, comprenden que incluye zapatos que duren más de tres meses, ropa de trabajo decente y prendas adecuadas para diferentes climas.
Sin embargo, la comprensión de esta realidad no elimina el temor que muchos trabajadores sienten ante la fuerte oposición empresarial a la propuesta. Historias de pequeñas empresas que cerraron en el pasado por no poder pagar incrementos salariales circulan en comunidades trabajadoras, generando preocupación genuina. Nadie quiere un salario más alto si eso significa perder el empleo o ver cómo la empresa donde trabajan debe cerrar sus puertas. Esta tensión emocional es parte de la carga que llevan los trabajadores colombianos.
Los empresarios que se oponen a la propuesta también tienen rostros y preocupaciones legítimas. Muchos son dueños de pequeños negocios que comenzaron con esfuerzo personal, que arriesgaron ahorros familiares para crear empleos. Ellos también enfrentan decisiones difíciles: entre pagar salarios justos o mantener la empresa viable, entre invertir en crecimiento o cubrir costos operativos crecientes. La mayoría no son grandes corporaciones con márgenes amplios, sino emprendedores que operan con recursos limitados.
Esta complejidad humana del debate salarial raramente aparece en titulares. Las negociaciones se presentan como enfrentamientos entre sectores abstractos: gobierno versus empresarios, izquierda versus derecha, idealismo versus realismo. Pero en el centro de todo están personas reales con necesidades, aspiraciones, temores y esperanzas. Familias que quieren vivir con dignidad, empresarios que desean mantener sus negocios, trabajadores que aspiran a un futuro mejor para sus hijos.
Mientras los representantes del gobierno, los empresarios y los sindicatos se preparan para sentarse en la mesa de concertación salarial, millones de trabajadores colombianos aguardan con una mezcla de esperanza y escepticismo. Han vivido tantas promesas incumplidas, tantos debates que terminan en incrementos que apenas cubren la inflación, tantas discusiones técnicas que ignoran sus realidades cotidianas.
La cifra final del salario mínimo 2026 será más que un ajuste económico. Será un mensaje sobre el valor que la sociedad colombiana otorga al trabajo, a la dignidad humana y a la posibilidad de que quienes madrugan cada día para construir el país puedan también disfrutar de los frutos de su esfuerzo. Para María y millones como ella, no es solo una negociación: es la diferencia entre soñar con un futuro mejor o resignarse a perpetuar ciclos de escasez que ya han marcado demasiadas generaciones.

