Así se deterioró la relación Colombia–EE. UU.

El retiro del estatus de Aliado Mayor Extra-Otán sería el capítulo más reciente de una relación en caída libre

En marzo de 2022, la noticia fue celebrada por todos los sectores políticos en Colombia: el presidente Joe Biden anunció que designaría al país como Aliado Mayor Extra-Otán, un título reservado para socios clave fuera de la alianza atlántica. El entonces mandatario Iván Duque capitalizó el gesto como prueba de la confianza que Estados Unidos depositaba en Bogotá y como un reconocimiento al papel del país en la estabilidad regional.

Tres años después, el panorama es radicalmente distinto. Con Donald Trump de nuevo en la Casa Blanca y Gustavo Petro en la presidencia de Colombia, la relación bilateral acumula desencuentros. La primera gran sacudida llegó cuando Washington decidió descertificar a Colombia en la lucha contra el narcotráfico, al considerar que el país no cumplía sus compromisos en reducción de cultivos ilícitos ni en combate a organizaciones criminales, pese a décadas de cooperación en ese frente.

La descertificación fue seguida por la suspensión parcial de ayuda financiera y militar. Esa decisión, que golpeó programas de entrenamiento, suministro de equipos y apoyo técnico, fue interpretada en Bogotá como un mensaje de que la paciencia de Washington se estaba agotando. Al mismo tiempo, el gobierno Petro insistía en que su enfoque de “paz total” y de transformación del modelo antidrogas requería un giro frente a las políticas tradicionales impulsadas por Estados Unidos.

El pulso escaló cuando la administración Trump incluyó a Petro y a varios miembros de su círculo en la lista Clinton, usada para sancionar a actores asociados a delitos graves. La posterior revocatoria de la visa diplomática del presidente colombiano —una medida muy poco común frente a un mandatario en ejercicio— profundizó la sensación de ruptura. Desde Washington se empezó a hablar ya no solo de desacuerdos puntuales, sino de una pérdida estructural de confianza.

Paralelamente, se desencadenó una crisis por los vuelos de migrantes deportados. Tras la negativa inicial de Colombia a recibirlos, Trump amenazó con imponer aranceles a productos colombianos, lo que acercó la relación al borde de una guerra comercial. Aunque se logró un acuerdo de última hora para evitar la medida, el incidente dejó claro que la Casa Blanca estaba dispuesta a utilizar herramientas económicas para presionar a Bogotá.

Las divergencias ideológicas también aportaron combustible. Petro criticó con dureza la política estadounidense en el Caribe y en Oriente Medio, cuestionó bombardeos y llegó a pedir públicamente a militares de ese país que no obedecieran “órdenes ilegales” del presidente Trump. Estos pronunciamientos fueron vistos en Washington como una intromisión sin precedentes en asuntos internos y como una señal de que el mandatario colombiano se colocaba en abierta confrontación con la Casa Blanca.

Hoy, la posible revocatoria del estatus de Aliado Mayor Extra-Otán se ubica al final de esa secuencia de choques. De concretarse, Colombia se convertiría en uno de los pocos países del mundo —junto con Afganistán, cuyos privilegios fueron retirados tras el retorno de los talibanes al poder— en perder ese título. El episodio marcaría el cierre de un ciclo en el que el país pasó, en tiempo récord, de ser vitrina de la alianza hemisférica a símbolo de un vínculo fracturado.

Entender la cronología de la crisis entre Colombia y Estados Unidos permite dimensionar el alcance que tendría la eventual pérdida del estatus de Aliado Mayor Extra-Otán. No se trata de un episodio aislado, sino de la culminación de una serie de decisiones y choques políticos que han cambiado la forma en que ambos países se perciben. Lo que ocurra en los próximos meses definirá si el vínculo puede repararse o si la relación entra en una etapa prolongada de distanciamiento estratégico.

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