Cuando Cloudflare dejó al mundo desconectado

Así vivieron los usuarios el colapso global

Eran las 11:47 de la mañana, hora del este de Estados Unidos. En una sala de control en San Francisco, los primeros indicadores rojos comenzaron a encenderse en los monitores de Cloudflare. Lo que comenzó como una rutina de mantenimiento programado estaba a punto de desencadenar uno de los apagones digitales más significativos del año. Miles de millones de conexiones en todo el mundo estaban por encontrarse con un muro invisible.

A las 11:52, el primer tweet apareció: “¿Alguien más no puede entrar a ChatGPT?”. Cinco minutos después, cientos de usuarios reportaban lo mismo. A las 12:03, X comenzaba a mostrar errores. A las 12:15, Canva era inaccesible. Como fichas de dominó cayendo en secuencia perfecta, plataforma tras plataforma se oscurecía. El mensaje era siempre el mismo, críptico e inquietante: “Por favor, desbloquee challenges.cloudflare.com para continuar”.

En Tokyo eran las 00:47 del día siguiente. Un desarrollador de software que trabajaba hasta tarde fue el primero en su zona horaria en notar el problema. Intentó acceder a la documentación de una API alojada detrás de Cloudflare y encontró solo silencio digital. En Londres, donde eran las 16:47, estudiantes en bibliotecas universitarias miraban confundidos sus pantallas. En São Paulo, las 13:47 marcaban el momento en que miles de trabajadores remotos comenzaban a perder el acceso a sus herramientas laborales.

La historia de Cloudflare comienza en 2009, cuando tres emprendedores decidieron crear una empresa que protegiera internet de sus peores amenazas. Quince años después, su visión había tenido tanto éxito que se había convertido en una especie de paradoja: al proteger internet, se habían vuelto esenciales para su funcionamiento. Y ahora, ese éxito se volvía en su contra.

En la sede central de la compañía, el equipo de ingeniería comprendió rápidamente la magnitud del problema. El sistema de “challenges”, diseñado para filtrar bots maliciosos y proteger millones de sitios web, había entrado en una especie de bucle infinito. En lugar de verificar y permitir el paso a usuarios legítimos, el sistema los rechazaba indiscriminadamente. Era como si el guardia de seguridad de un edificio gigante hubiera decidido repentinamente no dejar entrar a nadie, ni siquiera a los propietarios.

Mientras tanto, en todo el mundo, la realidad del incidente se manifestaba de formas diversas y concretas. En una agencia de publicidad en Madrid, un equipo miraba con desesperación cómo se acercaba la hora de entregar una campaña al cliente, sin acceso a las herramientas donde habían creado todo el material. En Mumbai, profesores intentaban explicar a estudiantes por qué la clase virtual programada no podía realizarse. En Ciudad de México, un streamer veía cómo su transmisión en vivo se cortaba abruptamente, dejando a miles de espectadores desconcertados.

Los sitios de monitoreo de caídas, tradicionalmente el refugio de usuarios buscando confirmar problemas, ahora eran parte del problema. Downdetector, Down for Everyone or Just Me y otros servicios similares también dependían de Cloudflare. Era como si durante un incendio, los teléfonos de emergencia también dejaran de funcionar. Los usuarios quedaban en un limbo informativo, sin manera confiable de confirmar si el problema era generalizado o específico de sus conexiones.

A las 13:20 hora del este, Cloudflare publicó su primer comunicado oficial. La declaración era breve y técnica: “La red global de Cloudflare está experimentando problemas. Hemos identificado el problema y estamos implementando una solución”. Para los millones de usuarios afectados, era simultáneamente un alivio y una frustración. Al menos se confirmaba que no era su culpa, pero tampoco se ofrecía un tiempo estimado de recuperación.

Las dos horas siguientes fueron un ejercicio de paciencia forzada para el mundo digital. Los ingenieros de Cloudflare trabajaban contra reloj para implementar cambios que revirtieran el problema sin crear nuevas complicaciones. Cada modificación debía ser probada cuidadosamente, porque un error adicional podría empeorar la situación. Era un juego de alta presión con miles de millones de dólares en juego y millones de usuarios esperando.

A las 15:45, comenzaron a aparecer los primeros signos de recuperación. Cloudflare Access y WARP fueron los primeros servicios en volver a la normalidad. Gradualmente, como luces encendiéndose en una ciudad tras un apagón, las plataformas comenzaron a responder de nuevo. ChatGPT volvió a conversar, X permitió publicar tweets, Canva cargó diseños guardados. La normalidad digital se restauraba, pero la experiencia había dejado una marca.

Cuando el sol se puso ese día en San Francisco, los servidores de Cloudflare habían vuelto en su mayoría a la normalidad. Los comunicados de la empresa indicaban que continuaban investigando la causa raíz y trabajando en medidas para prevenir futuros incidentes. Pero las preguntas permanecían: ¿cómo una empresa tan crítica pudo sufrir un fallo tan extenso? ¿Qué medidas de redundancia fallaron? ¿Es sostenible un internet donde una sola compañía tiene tanto poder sobre la conectividad global?

Para los millones de usuarios afectados, el día se convirtió en una historia que contar. “El día que internet se cayó”, lo llamarían. Habría memes, análisis técnicos y debates sobre la infraestructura digital. Pero más allá del ruido, quedaba una verdad simple y perturbadora: habíamos construido un mundo digital increíblemente sofisticado sobre fundamentos sorprendentemente frágiles. Y esa fragilidad acababa de recordarnos su presencia de la manera más dramática posible.

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