Primer empleo de miles en la balanza
Detrás de las cifras y los argumentos técnicos sobre el salario mínimo 2026 hay rostros concretos. María trabaja desde hace tres años en una estación de servicio en un municipio del Tolima. Es madre soltera de dos niños y este empleo le ha permitido mantener estabilidad económica. Como ella, miles de mujeres cabeza de hogar encuentran en las gasolineras una oportunidad laboral formal en sus comunidades.
La discusión que comenzó este viernes con el pronunciamiento del gremio Somos Uno toca directamente a más de 50.000 trabajadores distribuidos en todo el país. Para muchos de ellos, especialmente jóvenes que acceden a su primer empleo formal, estas plazas laborales representan más que un salario: son la puerta de entrada al mercado laboral y la posibilidad de construir experiencia.
El dilema que plantea el sector es complejo desde la perspectiva humana. Por un lado, los trabajadores necesitan que su salario mínimo crezca para proteger su capacidad de compra ante la inflación. Por otro, el sector advierte que incrementos muy elevados podrían forzar la reducción de turnos o el cierre de pequeñas estaciones, poniendo en riesgo precisamente esos empleos que se busca proteger.
En las estaciones de servicio, los turnos rotan las 24 horas. Hay quienes trabajan en las madrugadas, cuando el frío y el cansancio se hacen más intensos. Otros cubren los fines de semana y festivos, cuando la mayoría descansa con sus familias. Son trabajos demandantes que requieren disponibilidad permanente, pero que para muchas personas representan una estabilidad difícil de encontrar en sus regiones.
Carlos tiene 19 años y consiguió su primer empleo formal hace ocho meses como despachador en una estación en Cundinamarca. Para él, este trabajo significa independencia económica y la posibilidad de ahorrar para continuar estudios técnicos. “Mis papás no podían pagarme la universidad, pero aquí he aprendido sobre responsabilidad, atención al cliente y manejo de turnos. Es mi primer escalón”, cuenta con esperanza.
La preocupación en el sector no es abstracta. Jiménez Mejía, vocero del gremio, explicó que en municipios pequeños la estación de servicio suele ser uno de los pocos empleadores formales. Cuando uno de estos negocios reduce personal o cierra, el impacto sobre la comunidad es inmediato. Las alternativas laborales formales escasean y muchas personas terminan en el subempleo o la informalidad.
Andrea supervisa una estación en el Eje Cafetero. Ella misma comenzó como auxiliar administrativa hace siete años y ha crecido profesionalmente en el sector. “Lo que la gente no ve es que nosotros no podemos subir los precios cuando nos aumentan los costos. El margen está fijado por el gobierno. Entonces, si el salario sube mucho, la única forma de ajustar es con menos personal o menos horas”, explica con preocupación.
La composición del empleo en el sector añade sensibilidad al debate. Muchas de las personas que trabajan en estaciones de servicio son sostén principal de sus hogares. Para ellos, perder el empleo no es solo un inconveniente temporal sino una crisis familiar. Las deudas, el arriendo, la alimentación y la educación de los hijos dependen de esos ingresos mensuales.
El gremio ha insistido en que no se opone al incremento del salario mínimo, sino que pide que se considere la realidad del sector. David, quien trabaja en una pequeña estación en un pueblo de Boyacá, lo expresa claramente: “Todos queremos ganar más, es obvio. Pero también queremos seguir teniendo trabajo. Si la estación cierra, ¿qué hacemos en un pueblo donde no hay más empresas?”
La paradoja es evidente. El salario mínimo existe para proteger a los trabajadores, pero si su incremento supera la capacidad de pago de ciertos sectores, puede terminar generando desempleo entre las personas más vulnerables. Los jóvenes sin experiencia y las mujeres con responsabilidades familiares suelen ser los primeros en perder oportunidades cuando las empresas deben ajustar costos.
En las próximas semanas, mientras gobierno, sindicatos y gremios discuten cifras y porcentajes, miles de trabajadores observarán con atención. Para ellos, el debate del salario mínimo 2026 no es teórico. Es la diferencia entre poder pagar el arriendo del próximo mes o no, entre mantener a los hijos en el colegio o tener que buscar alternativas, entre conservar la estabilidad o volver a la incertidumbre de la informalidad.
El desafío para quienes tomen las decisiones será encontrar el equilibrio que permita mejorar los ingresos de los trabajadores sin destruir las plazas laborales que tanto esfuerzo ha costado construir, especialmente en regiones donde las opciones son limitadas. El rostro humano detrás de las estadísticas exige soluciones que protejan tanto el bolsillo como el empleo de quienes más lo necesitan.

