Familias antioqueñas enfrentan diciembre con heridas abiertas

Cada quemado cuenta una historia de prevención

Detrás del número 68 hay personas reales: padres, madres, hijos, abuelos cuyas vidas cambiaron en segundos. Cada caso de quemadura por pólvora representa una familia que enfrentará las festividades desde una cama de hospital, lidiando con dolor físico y emocional que ninguna celebración justifica.

En los pasillos del Hospital San Vicente de Paúl, médicos y enfermeras trabajan sin descanso atendiendo lesiones que pudieron evitarse. Cada cama ocupada cuenta una historia de un instante de descuido, de una tradición mal entendida o de un momento de diversión que se transformó en tragedia.

Marta Cecilia Ramírez, funcionaria de salud pero también madre y ciudadana, expresa con frustración una realidad que se repite: “Es lamentable que sigamos siendo el departamento que lidera el número de quemados”. Su preocupación no es solo institucional, es profundamente humana.

Las familias que hoy ocupan las camas del Hospital San Vicente de Paúl jamás imaginaron que una chispa cambiaría su diciembre. Para muchos, la pólvora formaba parte de sus tradiciones familiares, algo que habían hecho durante años sin incidentes. Pero la estadística tiene rostro humano: ese 100% de ocupación en camas de adultos son personas con nombres, con sueños y con seres queridos que ahora velan su recuperación.

Los niños son particularmente vulnerables, no solo como víctimas directas sino como testigos de tragedias que marcarán su memoria. Un 80% de ocupación en camas pediátricas significa pequeños que pasarán Navidad entre curaciones dolorosas, lejos de sus juguetes y de la normalidad de su infancia. Algunos llevarán cicatrices visibles, otros cargarán con el trauma invisible de haber experimentado dolor extremo en una edad en que deberían solo conocer la alegría.

La campaña ‘Soy Antipólvora’ no es solo un eslogan gubernamental; es un mensaje de esperanza construido sobre historias reales de sufrimiento. El cuento “Valentín sin pólvora” nació de testimonios de niños que vivieron accidentes o perdieron seres queridos. Cada videojuego, cada material para colorear busca llegar al corazón de los más pequeños para que ellos, con su inocencia y honestidad, puedan tocar la conciencia de los adultos en sus hogares.

Las historias de médicos y enfermeras que trabajan en unidades de quemados revelan el peso emocional de atender estas emergencias. Ver llegar pacientes con quemaduras graves, sabiendo que pudieron evitarse, genera impotencia profesional. Cada curación es un acto técnico pero también un momento de contención emocional para pacientes y familias devastadas por la culpa, el dolor y la incertidumbre sobre el futuro.

La posibilidad de tener que remitir pacientes a otros departamentos no es solo un dato logístico; implica separar familias en momentos críticos. Significa que una madre no podrá estar junto a su hijo quemado porque no tiene recursos para viajar a otra ciudad. Representa la fragmentación de redes de apoyo justo cuando más se necesitan. Cada remisión es una familia enfrentando la crisis en soledad.

Los animales domésticos también son víctimas silenciosas de estas celebraciones humanas. Las mascotas que entran en pánico, que sufren infartos o que huyen despavoridas de sus hogares no pueden expresar su miedo con palabras. Los dueños que encuentran a sus compañeros animales sin vida el primero de enero cargan con un dolor y una culpa difíciles de procesar. Ese 15% de incremento en muertes súbitas son familias que perdieron un miembro querido por decisiones humanas.

La Gerencia de Protección Animal no trabaja con estadísticas frías sino con historias desgarradoras: perros que atraviesan vidrios huyendo del ruido, gatos que desaparecen aterrorizados y nunca regresan, aves silvestres que abandonan sus nidos dejando crías indefensas. Cada explosión que para algunos significa diversión, para millones de seres vivos representa terror absoluto.

Las festividades deberían traer alegría, unión y esperanza, no dolor y hospitalizaciones. Cada persona que decide no usar pólvora no solo cumple una norma, está protegiendo vidas concretas: la de sus hijos, sus vecinos, sus mascotas y la suya propia. Es un acto de amor disfrazado de renuncia a una tradición.

Cuando las familias se reúnan este diciembre, que la ausencia de pólvora no signifique menos celebración sino más conciencia. Que la verdadera luz de estas fiestas provenga de hogares completos, de niños sanos jugando y de mascotas tranquilas junto a sus dueños. Esa es la Navidad que Antioquia merece, una donde el número de quemados sea cero y las únicas lágrimas sean de felicidad.

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