Vecinos históricos buscan unirse mediante energía compartida
Después de años de distanciamiento que separaron familias, paralizaron comercios y enfriaron una amistad histórica, Venezuela y Colombia intentan reconstruir puentes. El anuncio del presidente Nicolás Maduro sobre la exportación de gas natural no es solo una noticia técnica sobre hidrocarburos, sino la posibilidad de que dos pueblos hermanos vuelvan a caminar juntos hacia un futuro compartido.
En la frontera entre ambos países viven millones de personas cuyas vidas transcurren entre dos territorios. Maduro mencionó que Venezuela alberga a seis millones de colombianos, muchos de los cuales mantienen lazos familiares y comerciales con su país de origen. Para estas comunidades, la reapertura de las relaciones comerciales significa más que estadísticas económicas: representa la posibilidad de reunirse con sus seres queridos y recuperar sus medios de vida.
Las familias colombianas, especialmente las de menores recursos, también observan con esperanza estos acercamientos. El precio del gas natural ha aumentado significativamente en Colombia, impactando los presupuestos familiares y generando preocupación sobre la sostenibilidad de los servicios básicos.
Doña María, una comerciante de La Guajira, recuerda cuando el comercio binacional florecía y las familias cruzaban la frontera sin mayores complicaciones. “Mis hijos estudiaron en Venezuela, mi esposo trabajó allá durante años. Cuando cerraron todo, perdimos contacto con nuestros amigos, nuestros negocios se vinieron abajo”, relata. Para personas como ella, la posibilidad de que vuelva a fluir el comercio, aunque sea de gas, significa que tal vez otros intercambios también se recuperen.
Los taxistas colombianos que utilizan gas natural vehicular han sido de los primeros en sentir el impacto de los incrementos tarifarios. Según proyecciones del sector, el gas vehicular podría subir entre 30 y 40 por ciento desde diciembre. Para un conductor que depende de su taxi para alimentar a su familia, esta diferencia en la tarifa puede significar la diferencia entre tener ganancias o trabajar apenas para cubrir gastos.
En las ciudades colombianas, las facturas del servicio público de gas se han convertido en motivo de angustia familiar. En Medellín, por ejemplo, las tarifas podrían aumentar hasta un 45 por ciento debido al costo del gas importado. Las madres calculan cómo reducir el uso de la estufa, las familias consideran cambiar sus equipos de calentamiento de agua, y los pequeños comerciantes que dependen del gas para sus negocios temen no poder sostener sus emprendimientos.
La narrativa oficial habla de integración económica y cooperación regional, pero detrás de esos conceptos están las personas reales. Los trabajadores venezolanos de PDVSA que participaron en la asamblea donde Maduro hizo el anuncio representan a familias que han sufrido la crisis económica de su país durante años. Para ellos, la reactivación del sector energético no es solo una meta productiva, sino la esperanza de estabilidad laboral y mejores condiciones de vida.
En ambos lados de la frontera, pequeños empresarios observan con interés la posibilidad de que el comercio siga creciendo. Los 660,9 millones de dólares en intercambio comercial del primer semestre de 2025 representan empleos, oportunidades y el sustento de miles de familias. Cada dólar de ese comercio se traduce en productos que llegan a tiendas, en servicios que se prestan, en personas que encuentran trabajo.
Las comunidades fronterizas son especialmente sensibles a las variaciones en las relaciones binacionales. Ciudades como Cúcuta, en Colombia, y San Cristóbal, en Venezuela, han visto cómo su dinámica económica y social depende directamente del estado de las relaciones entre los dos países. Cuando hay tensión, estas comunidades sufren; cuando hay cooperación, prosperan.
Maduro habló en su discurso sobre la necesidad de que “Venezuela y Colombia nunca más sean perturbadas por la intriga imperial”, usando un lenguaje político que, más allá de su contenido ideológico, refleja el deseo de ambos pueblos de que fuerzas externas no interfieran en su relación histórica. Los colombianos y venezolanos comparten cultura, música, gastronomía y familia, lazos que ninguna política puede borrar completamente.
Mientras los analistas debaten sobre la viabilidad técnica del proyecto y los expertos calculan costos y beneficios, las familias colombianas y venezolanas simplemente esperan que sus gobiernos logren construir algo duradero. No necesitan discursos grandilocuentes ni promesas imposibles; necesitan estabilidad, tarifas razonables y la certeza de que sus hijos tendrán oportunidades.
La historia demostrará si este anuncio de exportación de gas se convierte en realidad o permanece como una más de las muchas promesas incumplidas. Mientras tanto, en ambos lados de la frontera, las personas continúan sus vidas cotidianas, esperando que esta vez los lazos entre dos pueblos hermanos se fortalezcan definitivamente y que la cooperación beneficie a quienes realmente lo necesitan: las familias que día a día trabajan por un futuro mejor.

