Familias, trabajadores y estudiantes reprograman sus rutas
En el aeropuerto El Dorado, en Bogotá, es fácil reconocer a quienes están atrapados en medio de la contingencia. Algunos revisan compulsivamente sus correos en el celular, otros se acercan con papeles impresos a los mostradores de Avianca, y no faltan quienes, con maletas ya listas para un viaje de vacaciones, reciben la noticia de que su vuelo fue cancelado o reprogramado. Las pantallas muestran rutas modificadas y la palabra “retrasado” aparece con mayor frecuencia de la habitual, mientras los altavoces repiten llamados a pasajeros a acercarse a los puntos de atención.
En Medellín, Cali, Barranquilla y otras ciudades, el panorama es similar. Una madre que planeaba viajar con sus hijos para visitar a sus abuelos en la Costa Caribe ahora se pregunta si logrará llegar antes de Navidad. Un trabajador que tenía programada una reunión clave en Bogotá debe conectarse por videollamada porque su vuelo fue movido para la noche. Un estudiante que regresaba a su universidad tras un puente festivo prolongado calcula, con nervios, si alcanzará a presentar un examen final o si tendrá que pedir un aplazamiento.
El anuncio de Avianca —suspender la venta de tiquetes con fechas de viaje hasta el 8 de diciembre y revisar más del 70 % de su flota A320— buscó ordenar el caos antes de que este fuera inmanejable. Pero, en la práctica, significa que muchos pasajeros tendrán que aceptar reacomodaciones en horarios menos convenientes, conexiones más largas o, incluso, viajes aplazados para después de la fecha prevista. En plena antesala de la temporada alta, el golpe emocional es evidente: no es igual cambiar un vuelo de trabajo que aplazar un reencuentro familiar esperado durante meses.
En los mostradores de servicio, los asesores se convierten en el primer muro de contención del malestar. Escuchan historias, explican una y otra vez la razón técnica —un problema de software en los sistemas de control de vuelo detectado por el fabricante— y buscan alternativas en una pantalla que, a medida que pasan las horas, ofrece menos opciones. Entre tanto, algunos pasajeros reconocen que, aunque la situación es incómoda, prefieren que los aviones se revisen a fondo antes de despegar.
La incertidumbre también golpea a quienes dependen del transporte aéreo para motivos más delicados. Pacientes que viajan a ciudades principales para tratamientos médicos, familias que se desplazan por razones judiciales o laborales, y migrantes que conectan desde Colombia hacia otros países ahora deben lidiar con la ansiedad de no saber si llegarán a tiempo. Las aerolíneas aliadas de Avianca, cuando hay disponibilidad, sirven de tabla de salvación para ciertos trayectos, pero no alcanzan a cubrir todos los huecos que deja la flota A320 en tierra.
En medio del ruido de maletas y anuncios, aparecen pequeños gestos de solidaridad. Pasajeros que comparten información sobre canales de atención, familias que se turnan para hacer fila mientras otros cuidan a los niños, y trabajadores aeroportuarios que ayudan a adultos mayores a entender sus opciones. La crisis técnica revela, además, cuánto se ha vuelto cotidiano tomar un avión en Colombia: hoy no solo viajan ejecutivos, sino también turistas internos, estudiantes y trabajadores de distintas regiones que han incorporado el transporte aéreo a su vida diaria.
Las redes sociales, por su parte, amplifican tanto la frustración como las soluciones. Usuarios comparten pantallazos de mensajes de Avianca, preguntan qué hacer en casos específicos y relatan, en tiempo real, su experiencia de reacomodación. También circulan recomendaciones prácticas: revisar la app antes de salir de casa, llegar más temprano al aeropuerto, guardar toda la documentación del viaje y, sobre todo, mantener la calma frente a una situación que tiene su origen en un aspecto técnico que escapa al control de los viajeros.
Con la flota A320 de Avianca parcialmente inmovilizada y la venta de tiquetes suspendida hasta el 8 de diciembre, los aeropuertos colombianos se han convertido en escenario de historias cruzadas de incertidumbre, enojo, comprensión y paciencia. Para miles de personas, el impacto no se mide en comunicados oficiales, sino en abrazos que se aplazan, reuniones que se mueven de fecha y rutinas que cambian.
Mientras avanza la actualización de software ordenada por Airbus y las autoridades aeronáuticas, el llamado de expertos y autoridades es a priorizar la seguridad y a mantener una comunicación fluida entre aerolínea y pasajeros. En esa combinación —rigor técnico y trato humano— puede estar la clave para que esta crisis deje menos heridas en la confianza de quienes, a diario, confían sus planes de vida a un tiquete de avión.

