Entre olores, lluvias y calles saturadas

En el barrio, Laura levanta la reja con un aerosol en la mano: “si no limpio, no entra nadie”. En la esquina, bolsas rotas, perros husmeando y un contenedor vencido por su propio peso.
A dos cuadras, Jorge, reciclador, empuja su carreta. “Hoy no alcanzo ni para la comida”, dice mientras separa cartón mojado. La ciudad lo mira, pero el precio ya no compensa. Para Laura, la acumulación empezó con menos frecuencia de paso del camión y un contenedor dañado. Llamó, reportó y esperó; las lluvias hicieron el resto, arrastrando residuos a la alcantarilla.
Jorge recorre avenidas desde la madrugada. Cuando el plástico cayó de precio, su ingreso también. Aun así, rescata lo que puede para que no termine en el relleno. En varias cuadras, vecinos se organizaron para vigilar horarios y evitar botaderos clandestinos, pero la saturación volvió a aparecer. La Alcaldía anunció refuerzos y puntos de atención prioritaria. Las promesas viajan más rápido que los camiones, comenta un tendero que barre su andén.
El relleno Doña Juana continúa recibiendo la mayor parte de los residuos de la ciudad, mientras aumentan las exigencias de control a vectores y cobertura. Recicladores piden pagos justos y formalización. “Somos parte de la solución”, repiten, con el costo de salud que implica trabajar entre desechos. En grupos de chat se comparten mapas de rutas, fotos de bolsas y números de reporte. La ciudad intenta coordinarse desde el celular. Las historias de Laura y Jorge muestran el costo cotidiano de un sistema al límite. Entre decisiones técnicas y planes de choque, la vida sigue en la acera. La ciudad espera que la próxima ruta no solo pase: funcione. El tema sigue en desarrollo.
