Nuevo tren con vista a las auroras boreales

Un recorrido nocturno contado desde el asiento ventanal

Al poco tiempo de iniciado el recorrido, las luces de la ciudad quedan atrás y el vagón se sumerge en una penumbra controlada. La empresa estatal Vy ha calibrado la iluminación para que cada pasajero pueda moverse con seguridad, pero sin perder la sensación de estar en medio de la noche polar. Los asientos reclinables apuntan literalmente al cielo; algunos viajeros prueban posiciones, como si buscaran la butaca perfecta de un cine muy particular.

En una de las cabeceras del vagón, una pantalla muestra gráficos que cambian lentamente: índice Kp, velocidad del viento solar, nubosidad prevista. Una guía explica que están entrando en una franja de mayor actividad geomagnética y que, si las condiciones se mantienen, las posibilidades de ver auroras son altas. La información técnica, traducida a un lenguaje sencillo, añade expectación al silencio del grupo.

De pronto, un murmullo recorre el vagón. Alguien señala con el dedo hacia el vidrio del techo: una veta de luz verdosa se estira en diagonal, como una pincelada sobre la oscuridad. No hay anuncio oficial ni música dramática; solo una reacción espontánea de sorpresa. Personas que no se conocen se miran, se ríen, se pasan la cámara o el celular para intentar capturar el momento.

A medida que el tren avanza, la veta se convierte en cortina, y la cortina, en una especie de río luminoso que parece bailar sobre las montañas. El vagón entero se queda casi inmóvil, con la respiración contenida. Afuera, el termómetro marca varios grados bajo cero; adentro, el ambiente se mantiene templado gracias al sistema de calefacción alimentado con energía renovable. La escena es una mezcla de alta tecnología y naturaleza en estado puro.

Entre secuencia y secuencia de auroras, el personal a bordo recorre el vagón ofreciendo datos, respondiendo preguntas y recordando recomendaciones básicas: bajar el brillo de las pantallas, evitar usar flash, levantarse con cuidado. No hay discursos largos; la prioridad es no competir con el silencio del cielo. El tren funciona como un observatorio rodante que se adapta al ritmo de lo que ocurre afuera.

Más tarde, cuando la intensidad de las luces disminuye, algunos pasajeros se recuestan para descansar. Otros repasan las fotos que acaban de tomar y las comparan con las imágenes de los folletos turísticos, sorprendidos de que la realidad se parezca tanto a la publicidad. En las conversaciones, se repiten frases como “no lo puedo creer” o “parece irreal”, comunes en quienes ven una aurora por primera vez.

Hacia el final del recorrido, el cielo vuelve a oscurecerse y solo quedan restos pálidos de luz en el horizonte. La guía anuncia que se aproximan a la estación final y agradece a los viajeros por haber elegido esta nueva ruta. Nadie aplaude, pero la sensación es de cierre de espectáculo. El tren reduce la velocidad y, poco a poco, las luces interiores recuperan su intensidad habitual, recordando a todos que la noche llegará a su fin.

La crónica de una noche a bordo del tren panorámico de Noruega revela cómo un viaje ferroviario puede convertirse en relato colectivo. Cada pasajero se lleva su propia versión de lo que vio, de lo que sintió y de cómo las auroras se dibujaron sobre el vidrio del techo.

Con esta ruta, Noruega suma una historia más a su relación con el Ártico: la de un país que usa la tecnología para acercar a la gente a su cielo sin dejar de lado el respeto por el entorno. Un tren que, más que transportar, invita a mirar hacia arriba.

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