Tras los muros de Shimao, la ciudad imposible

Una excavación que cambió el mapa de China

Cuando los arqueólogos llegaron a Shimao, en el norte de China, las murallas de piedra parecían parte de un paisaje conocido. Durante años se pensó que aquellas estructuras eran solo otro segmento de la Gran Muralla. Pero las dataciones comenzaron a contradecir la intuición: las piedras eran mucho más antiguas de lo esperado.

Con el tiempo, las zanjas de excavación revelaron algo más que muros: un entramado urbano complejo, plataformas monumentales y cementerios cuidadosamente organizados. El hallazgo de decenas de cráneos humanos bajo la Puerta Este terminó de darle un tono inquietante a la historia. ¿Qué tipo de sociedad había levantado una ciudad así hace 4.000 años? La respuesta empezó a perfilarse no solo con palas y pinceles, sino en laboratorios lejanos, donde fragmentos de huesos y dientes serían secuenciados para reconstruir, pieza a pieza, la vida de una comunidad desaparecida.

El mapa actual de Shimao muestra una ciudad de unos 4 km², delimitada por murallas gruesas y articulada en varios niveles. En el interior se distinguen terrazas escalonadas, pasajes estrechos y áreas abiertas que pudieron servir como plazas o espacios ceremoniales. Desde el aire, las ruinas componen un mosaico de líneas rectas y ángulos que rompen con el paisaje ondulado de la meseta de Loess. La Puerta Este se convirtió pronto en uno de los epicentros del relato. Bajo sus cimientos, los arqueólogos encontraron más de 80 cráneos humanos, sin cuerpos, distribuidos en varias fosas. Los estudios sugieren que se trató de un sacrificio colectivo realizado durante la construcción de las murallas, una forma extrema de “sellar” la ciudad con sangre humana.

Ese hallazgo, ya de por sí dramático, planteó nuevas preguntas sobre el tipo de poder que ejercía la élite de Shimao. A su alrededor fueron apareciendo tumbas de distinto rango. Algunas, sencillas, con pocos objetos. Otras, en cambio, elaboradas y llenas de piezas de jade, cerámicas y adornos exóticos. Los arqueólogos sospechaban que allí reposaban los miembros de la clase dirigente, pero faltaba comprobar qué tipo de vínculos unían a quienes compartían ese espacio privilegiado.  Esa pieza del rompecabezas comenzó a encajar cuando un equipo internacional decidió extraer ADN antiguo de los restos humanos.

En laboratorios especializados, los fragmentos de material genético fueron secuenciados y comparados. De ese trabajo surgieron árboles genealógicos que unían a padres, hijos, hermanos y primos, y que mostraban cómo ciertos linajes masculinos se repetían en las tumbas de mayor estatus. Los investigadores comprobaron también que Shimao no era una burbuja aislada. Algunos perfiles genéticos revelaban contactos con grupos del norte de Asia oriental, mientras que otros mostraban señales de ascendencias ligadas a regiones del sur, quizá conectadas con la expansión del cultivo del arroz.

En paralelo, objetos procedentes de lugares remotos aparecían en las excavaciones, desde jade fino hasta placas de hueso de caimán. Sin embargo, la circulación de bienes no se tradujo en una gran mezcla genética. Esa paradoja comercio intenso, pero población relativamente estable llevó a concluir que la élite de Shimao ejercía un control fuerte sobre quién podía establecerse en la ciudad y quién no. En otras palabras, los caminos estaban abiertos para las mercancías, pero no tanto para las personas. Cuando se juntan las piezas, el retrato que emerge es el de una ciudad-estado temprana, con un núcleo gobernante estrechamente emparentado, una base productiva diversa y una ritualidad que hacía visible el poder, desde las plataformas talladas hasta las fosas de sacrificio. Shimao deja de ser un punto en el mapa para convertirse en una historia completa, que conecta el paisaje, los huesos y las decisiones políticas de hace cuatro milenios

El caso de Shimao recuerda que la arqueología no solo descubre objetos, sino relatos. Cada piedra extraída, cada fragmento de ADN secuenciado, añade un párrafo a una historia que durante milenios permaneció en silencio.

En la medida en que nuevos métodos sigan aplicándose al sitio, la ciudad imposible del norte de China seguirá transformándose ante nuestros ojos: de ruina anónima a pieza clave para entender cómo se inventaron las primeras formas de vivir, comerciar y ejercer el poder en comunidad.

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