Pasó de juez municipal a protagonista nacional
César Julio Valencia Copete es un hombre de convicciones. Durante 36 años ha recorrido prácticamente todos los escalones de la justicia colombiana, desde juez municipal hasta presidente de la Corte Suprema. En ese camino enfrentó momentos que definieron no solo su carrera, sino también la historia institucional del país.
Su rostro se hizo conocido nacionalmente cuando, como presidente de la Corte Suprema, se negó a ceder ante presiones que buscaban influir en decisiones judiciales. Fueron años difíciles, marcados por grabaciones ilegales, denuncias cruzadas y una tensión permanente con el gobierno más poderoso de la época.
Ahora regresa a la primera línea, no como juez sino como político, designado ministro de Justicia. Lleva consigo el peso de una reputación construida en la defensa de principios que, para muchos, representan lo mejor de la institucionalidad colombiana en tiempos de tormenta.
Los años entre 2001 y 2010 no fueron fáciles para Valencia Copete. Presidir la Corte Suprema en el momento más álgido de las investigaciones por parapolítica significó estar en el ojo del huracán político. Cada decisión era escrutada, cada movimiento generaba reacciones desde el poder.
Imaginar las noches de aquel magistrado no es difícil: con la presión de saber que decenas de congresistas estaban siendo investigados, que el gobierno cuestionaba cada paso del tribunal, y que grabaciones ilegales buscaban vulnerar la privacidad de los magistrados para encontrar puntos débiles.
La llamada telefónica del presidente Uribe sobre el caso de su primo Mario Uribe debió ser uno de esos momentos que definen carreras. ¿Cómo responder ante el hombre más poderoso del país? Valencia Copete eligió la transparencia: informó a sus colegas y luego lo hizo público, a sabiendas de las consecuencias.
La denuncia penal que Uribe presentó contra él pudo ser intimidante. Ser investigado penalmente cuando se es magistrado de la Corte Suprema genera presión no solo profesional sino personal y familiar. El archivo por falta de pruebas llegó, pero el proceso en sí dejó marca.
Las “chuzadas” del DAS convirtieron a Valencia Copete y sus colegas en víctimas de espionaje estatal. Saber que conversaciones privadas, movimientos personales y comunicaciones familiares estaban siendo monitoreadas ilegalmente es una invasión difícil de dimensionar para quienes no la han vivido.
A pesar de todo, Valencia Copete mantuvo su posición. No era solo terquedad o ambición; era la convicción de que la justicia debe ser independiente, que los jueces no pueden ceder ante presiones políticas sin importar de dónde vengan o cuán poderosas sean.
Su formación académica en la Universidad Externado, su paso por tribunales, la docencia y la procuraduría le dieron herramientas técnicas. Pero lo que verdaderamente lo distinguió fue su capacidad para resistir en momentos donde muchos habrían negociado o se habrían retirado.
Ahora, a sus años y con toda una vida dedicada a la justicia, César Valencia Copete asume un rol diferente. Ya no juzgará casos sino que diseñará políticas. Enfrentará la crisis carcelaria, deberá dialogar con la rama judicial que conoce tan bien, y tendrá que construir puentes en un país polarizado.
Su historia personal es la de alguien que eligió la convicción sobre la conveniencia. Queda por ver si esas mismas cualidades que lo hicieron memorable como magistrado serán suficientes o deberán adaptarse a las exigencias de la política, donde los grises suelen ser más comunes que los blancos y negros de la justicia.

