Venezuela dividida entre quienes se van y resisten

Dos caras de crisis: emigración masiva y militarización

Detrás de las cifras que hablan de ocho millones de milicianos y casi ocho millones de emigrantes, existe una realidad humana de familias divididas, vidas interrumpidas y destinos inciertos. Venezuela enfrenta una doble herida demográfica: millones que abandonaron el país buscando sobrevivir y millones que permanecen ahora convocados a una movilización militar sin precedentes.

Las mismas condiciones que forzaron el mayor éxodo en la historia del hemisferio occidental son las que ahora enmarcan un llamado a la defensa nacional. Para quienes se quedaron, muchos por imposibilidad de migrar más que por convicción, el alistamiento en milicias representa una nueva capa de complejidad en vidas ya marcadas por escasez, inseguridad y represión.

Las historias personales revelan la tragedia que las estadísticas solo sugieren. Familias con miembros repartidos entre varios países latinoamericanos, jóvenes enfrentando decisiones entre alistamiento o arriesgar rutas migratorias peligrosas, padres ancianos abandonados porque sus hijos no pudieron llevarlos en el éxodo, conforman el tejido humano de esta crisis multidimensional.

María Alejandra, como tantas madres venezolanas, tiene hijos en tres países diferentes. Dos están en Colombia, uno logró llegar a Chile y ella permanece en Caracas con su madre de 82 años. El llamado a las milicias le llegó a través de líderes comunitarios del barrio. Su dilema resume el de millones: rechazar puede significar pérdida de acceso al subsidio alimentario del gobierno, aceptar implica entrenamiento militar que consume tiempo necesario para trabajos informales que sostienen su hogar.

Los 7,9 millones que emigraron representan historias de separación familiar devastadoras. La mayoría viajó por rutas terrestres enfrentando peligros múltiples: asaltos, extorsión, trata de personas, discriminación en países de tránsito. Familias vendieron todo lo que poseían para financiar viaje de uno o dos miembros, esperando establecer base para reunificación posterior que frecuentemente nunca ocurre.

En Colombia, Perú, Brasil, Chile y Ecuador, comunidades venezolanas enfrentan desafíos de integración mientras mantienen conexión con quienes quedaron atrás. Las remesas que envían son línea de vida para millones en Venezuela, circulando más dinero en ayuda familiar transnacional que en muchos programas gubernamentales. Esta economía de supervivencia conecta a los que se fueron con los que permanecieron de manera más efectiva que cualquier programa oficial.

Para jóvenes venezolanos, el presente es particularmente cruel. Educación interrumpida o degradada, oportunidades laborales inexistentes, ahora sumado a presión para alistamiento militar en conflicto que muchos no entienden como propio. Algunos ven el servicio en milicias como única fuente de ingreso regular o acceso a alimentos subsidiados. Otros lo perciben como trampa que les impediría eventualmente emigrar.

Los adultos mayores enfrentan abandono masivo. Incapaces de emprender viajes migratorios arduos, muchos quedaron al cuidado de vecinos o en soledad absoluta. El colapso del sistema de salud golpea especialmente a esta población, con enfermedades crónicas sin medicamentos y pensiones evaporadas por hiperinflación. Para ellos, las noticias de movilización militar suenan distantes comparadas con urgencia de conseguir comida y medicinas.

Las comunidades indígenas en zonas fronterizas viven crisis particular. Los Yanomami, Wayúu y otros pueblos enfrentan disrupción de territorios ancestrales por controles militares, rutas de narcotráfico y flujos migratorios. Su situación raramente aparece en análisis geopolíticos, pero experimentan dimensión especialmente brutal de la crisis, atrapados entre múltiples fuerzas que ignoran sus derechos territoriales y culturales.

La tensión entre Estados Unidos y Venezuela se desarrolla en ámbito diplomático y militar, pero las vidas afectadas son venezolanas comunes. Pescadores que no pueden salir a mar por operaciones navales estadounidenses, familias en La Guaira preocupadas por militarización de su zona, trabajadores portuarios enfrentando inspecciones constantes. El conflicto geopolítico tiene rostros humanos que sufren consecuencias de decisiones tomadas en Washington y Caracas.

Mientras líderes discuten estrategias militares y cifras de movilización, venezolanos comunes navegan día a día entre supervivencia y esperanza de futuro mejor. Algunos planean rutas de escape, otros se resignan a permanecer, muchos simplemente intentan proteger a sus familias en medio de incertidumbre creciente. La verdadera tragedia venezolana no está en estadísticas sino en millones de proyectos de vida interrumpidos, familias desintegradas y generaciones marcadas por crisis.

El costo humano de esta situación trasciende cualquier análisis político o militar. Son niños creciendo sin padres que emigraron, ancianos muriendo solos, jóvenes sin futuro claro, familias comunicándose por videollamadas precarias cuando hay electricidad e internet. Esta es la Venezuela real detrás de discursos sobre milicias y despliegues militares: un país desangrándose demográficamente mientras se prepara retóricamente para guerra que nadie excepto sus líderes parece querer.

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