Venezuela se moviliza por paz en medio de amenazas

Marchas oficialistas mezclan temor, esperanza y propaganda

En las calles de Caracas, el ruido de tambores, consignas y altavoces convive con una preocupación silenciosa: la posibilidad de que la tensión entre Estados Unidos y Venezuela escale más allá de las palabras. En ese ambiente, Nicolás Maduro pronunció su mensaje de paz a Donald Trump, rodeado de jóvenes que marchaban en apoyo a su gobierno. Muchos de ellos crecieron escuchando hablar de sanciones, amenazas de intervención y crisis económica, y hoy caminan bajo el sol con banderas y pancartas mientras en el Caribe se despliegan buques de guerra.

Para buena parte de los asistentes, las consignas de “no más guerras eternas” conectan con un cansancio acumulado ante la inestabilidad política y económica. Maduro pidió “unirse por la paz del continente” y rechazó nuevos escenarios como Libia o Afganistán, apelando a un sentimiento regional contra las intervenciones militares prolongadas. Entre la multitud, algunos jóvenes corean las frases presidenciales, otros graban con sus celulares y comparten en redes, y muchos miran al cielo con la esperanza de que las amenazas nunca se conviertan en disparos ni explosiones.

La vida cotidiana en Venezuela ya está marcada por la dificultad para conseguir alimentos, medicinas y servicios básicos, por lo que la idea de un conflicto abierto se percibe como un riesgo adicional. Mientras el presidente lanza su “Yes, peace! Yes, peace!” ante las cámaras, familias en distintas ciudades del país siguen con atención las noticias sobre el despliegue de Estados Unidos en el Caribe y el Pacífico. La cifra de 15.000 militares movilizados, que incluye un portaaviones, buques de guerra y aviación, se traduce para muchos en una sensación de incertidumbre sobre el futuro inmediato.

Las operaciones militares de Washington contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas, con al menos 20 ataques y unas 80 personas fallecidas, refuerzan la percepción de que la región vive un momento de alto riesgo. El incidente más reciente, en el que cuatro personas murieron tras la destrucción de un bote, ha sido comentado en redes y grupos de mensajería, donde circulan versiones, rumores y alertas. Para la población, más allá del discurso oficial, cada operación letal en el mar es un recordatorio de que la frontera entre “operación antidrogas” y conflicto mayor puede ser delgada.

En respuesta, el gobierno venezolano ha impulsado ejercicios militares y movilizaciones de milicias civiles, a las que presenta como una reserva dispuesta a defender el territorio ante cualquier agresión. Maduro habla de más de 8 millones de milicianos, una cifra que muchos especialistas dudan, pero que en los discursos oficiales busca transmitir la idea de un país preparado para la resistencia. En los barrios, sin embargo, las conversaciones suelen girar más en torno al costo de la vida, al futuro de los hijos y a la posibilidad de emigrar que a las maniobras militares.

La operación Southern Spear, anunciada por el secretario de Defensa Pete Hegseth, se percibe a distancia a través de imágenes de buques surcando el Caribe y mensajes en X sobre narcoterrorismo y defensa de la patria estadounidense. Para la población venezolana, esa narrativa se entrecruza con la del gobierno, que denuncia una amenaza imperial y llama a la “unión cívico-militar”. En medio de esas narrativas contrapuestas, las personas de a pie intentan proteger lo poco que tienen, mantener el trabajo, conseguir efectivo o dólares, y sobrevivir a la inflación.

El contraste es evidente: mientras las autoridades de ambos países hablan de operaciones estratégicas, milicias, cartas legales y organizaciones terroristas, millones de ciudadanos en Venezuela y en la región observan el escenario con preocupación, pero también con cierto acostumbramiento a la crisis. Las marchas, los discursos y las imágenes de buques pueden cambiar, pero el temor a un conflicto abierto y el deseo de estabilidad se mantienen como denominador común en la vida diaria de quienes no toman decisiones, pero sí sufren sus consecuencias.

En este contexto, el pedido de paz de Nicolás Maduro a Donald Trump, lanzado desde una marcha de jóvenes en Caracas, refleja tanto la estrategia política del Gobierno como el anhelo de millones de ciudadanos que temen una nueva guerra en el Caribe. Mientras Estados Unidos despliega tropas bajo la operación Southern Spear y Venezuela moviliza milicias y ejercicios militares, la población vive entre la incertidumbre y la esperanza de que prevalezca una salida diplomática. El futuro de la crisis entre Estados Unidos y Venezuela no solo se medirá en buques y discursos, sino también en el impacto real sobre la vida de las personas en el continente.

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