Comunidades del Cauca viven nueva noche violenta

Explosión despertó a habitantes cerca de Tunía

El estruendo desgarró el silencio de la madrugada. A las 2:55 de la mañana del viernes 14 de noviembre, cientos de familias en las veredas Los Naranjos, La María y zonas cercanas al antiguo peaje de Tunía despertaron sobresaltadas por una explosión que estremeció sus hogares. El terror se apoderó de quienes, aún en sus camas, sintieron cómo las paredes vibraban y las ventanas amenazaban con quebrarse.

María Elena, habitante de la vereda El Hogar, describe esos segundos como “una pesadilla de la que no podía despertar”. Su casa, ubicada a pocos metros del lugar de la explosión, sufrió daños en las ventanas y grietas en las paredes. “Pensé que nos caía el techo encima. Mis niños gritaban y yo no sabía qué hacer”, relata con voz quebrada.

El carro bomba que explotó en la vía Panamericana no solo dejó una víctima fatal y daños materiales, sino que marcó nuevamente el alma de comunidades que viven bajo la constante amenaza de la violencia. Para estas familias, la Panamericana no es solo una carretera; es el camino por donde sus hijos van a la escuela, donde hacen sus compras, donde transita su vida cotidiana.

En las horas posteriores a la explosión, la oscuridad envolvió varios sectores de las veredas cuando el servicio de energía se interrumpió. Las familias, atemorizadas y sin luz, se refugiaron en sus casas sin saber si vendrían más ataques. Algunos padres reunieron a sus hijos en un solo cuarto, el más alejado de la carretera, tratando de protegerlos de lo que pudiera venir.

Don Hernando, un comerciante del sector, vio cómo su negocio, el sustento de toda su familia, quedó con daños estructurales. “Llevo veinte años trabajando aquí, construí esto con mis propias manos. Ahora las paredes tienen grietas y no sé si pueda seguir funcionando”, cuenta mientras observa con tristeza su tienda. Para él, como para muchos en la zona, cada ataque no solo trae miedo sino incertidumbre económica.

Los niños de estas comunidades crecen escuchando explosiones, viendo retenes ilegales y sintiendo el temor de sus padres cada vez que deben desplazarse por la carretera. Camila, una niña de diez años, dibuja en su cuaderno casas con grietas y cielos oscuros. “A veces tengo miedo de ir al colegio”, confiesa tímidamente. Su profesora explica que muchos estudiantes muestran signos de ansiedad ante los constantes episodios de violencia.

Las mujeres de la región cargan con el peso adicional de mantener la cotidianidad en medio del caos. Doña Rosa, líder comunitaria, organiza reuniones con las familias para hablar de sus miedos y buscar soluciones colectivas. “Somos nosotras las que mantenemos estas comunidades unidas cuando todo parece derrumbarse”, afirma con determinación, aunque su mirada revela el cansancio acumulado de años de violencia.

Los jóvenes del sector enfrentan un dilema constante: quedarse en un territorio amenazado o migrar dejando atrás a sus familias y su tierra. Muchos han optado por marcharse, dejando veredas con menos población, escuelas con menos estudiantes y comunidades cada vez más frágiles. Los que permanecen lo hacen por amor a su tierra, pero con el corazón dividido entre el arraigo y el miedo.

Los comerciantes de la zona han visto caer sus ventas. Los transportadores cobran tarifas más altas por el riesgo que implica transitar por la Panamericana. Las familias dedican más dinero a medidas de seguridad y menos a educación, salud o alimentación. La economía familiar se resiente con cada ataque, perpetuando círculos de pobreza difíciles de romper.

El periodista comunitario Mario Vivas Fajardo conoce de cerca estas historias porque vive entre estas comunidades. “No somos solo cifras en las noticias”, dice. “Somos familias que trabajan, sueñan y luchan por construir un futuro, pero que constantemente ven sus esfuerzos destruidos por la violencia que no han provocado ni merecen”.

Mientras las autoridades investigan y anuncian operativos, las familias del norte del Cauca continúan su vida intentando encontrar normalidad en medio del miedo. Reparan sus casas con los pocos recursos que tienen, consuelan a sus hijos con promesas de días mejores y mantienen la esperanza de que algún día podrán vivir en paz.

Estas comunidades no piden privilegios, solo lo básico: poder dormir sin sobresaltos, ver crecer a sus hijos sin trauma, transitar libremente por sus caminos y construir proyectos de vida sin que la violencia los destruya. Son los rostros humanos detrás de las cifras, las voces que merecen ser escuchadas en medio del ruido de las explosiones.

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