Empleados de heladería presenciaron horror del ataque
El silencio de una mañana de viernes fue roto por el estruendo de disparos en una heladería del norte de Cali. En cuestión de segundos, dos hombres perdieron la vida mientras compartían un momento que parecía cotidiano. Sus familias, que esperaban verlos regresar a casa, ahora enfrentan el dolor irreparable de una pérdida violenta e inesperada.
Fredy Albeiro Zapato Rivas, una de las víctimas identificadas, salió de su casa esa mañana sin imaginar que no regresaría. Sus seres queridos ahora deben procesar la devastadora noticia de su muerte en circunstancias violentas. La segunda víctima, cuya identidad aún no ha sido revelada, también deja un vacío que sus familiares jamás podrán llenar completamente.
Los empleados de la heladería Ventolini, aunque ilesos físicamente, quedaron marcados por la experiencia traumática de presenciar un acto de violencia extrema. El terror de ver cómo hombres armados ingresaban al local y disparaban contra los clientes es una imagen que difícilmente podrán borrar de sus mentes.
La comunidad de Santa Mónica Residencial despertó el viernes con la noticia que nadie quiere escuchar en su barrio. Los vecinos, acostumbrados a la tranquilidad relativa de este sector del norte de Cali, se encontraron con una escena que parecía sacada de una película: policías acordonando el área, ambulancias con sus luces encendidas y el movimiento frenético de las autoridades en torno a un lugar que hasta hace unas horas era un simple espacio de encuentro familiar.
Para los familiares de Fredy Albeiro Zapato Rivas, la noticia llegó como un golpe demoledor. En cuestión de minutos, pasaron de la rutina diaria a enfrentar la peor noticia que puede recibir una familia. El proceso de identificación del cuerpo, las preguntas de las autoridades y la necesidad de organizar un funeral son pasos que nadie está preparado para dar, especialmente cuando la muerte llega de manera tan abrupta y violenta.
La familia de la segunda víctima enfrenta además la angustia adicional de no poder iniciar el proceso de duelo hasta que la identificación oficial sea completada. La espera, la incertidumbre y el dolor se mezclan en una experiencia que ningún ser humano debería atravesar. Los procesos burocráticos, aunque necesarios para la justicia, prolongan el sufrimiento de quienes ya están destrozados por la pérdida.
Los trabajadores de Helados Ventolini, aunque no resultaron físicamente heridos, cargan ahora con el peso emocional de haber sido testigos de un acto de violencia extrema. Muchos de ellos son jóvenes que trabajan en el establecimiento para costear sus estudios o apoyar a sus familias. Regresar al lugar donde presenciaron la muerte de dos personas representa un desafío psicológico significativo que requerirá apoyo profesional y tiempo para sanar.
Cruz Magnolia Sánchez, la exjueza de paz asesinada apenas un día antes, dedicó su vida a trabajar por su comunidad. Su familia no solo perdió a una madre y esposa, sino que la ciudad perdió a una líder que buscaba construir paz y resolver conflictos. El dolor de sus seres queridos se multiplica al saber que quien trabajaba por la justicia y la reconciliación fue víctima de la violencia que tanto combatió.
Las madres, esposas, hijos y hermanos de las víctimas ahora deben enfrentar un futuro sin sus seres queridos. Las sillas vacías en la mesa del comedor, los abrazos que nunca más podrán dar, las conversaciones que quedaron inconclusas y los sueños compartidos que jamás se cumplirán son parte de la herencia de dolor que deja la violencia.
Más allá de las estadísticas y los informes oficiales, cada uno de estos números representa una historia humana truncada, una familia destrozada y una comunidad herida. Los 899 homicidios registrados en Cali durante 2025 no son solo cifras en un informe; son 899 familias que enfrentan el mismo dolor, la misma sensación de vacío y la misma pregunta sin respuesta: ¿por qué?
Mientras las autoridades continúan sus investigaciones, las familias de las víctimas comienzan el doloroso proceso de despedirse de sus seres queridos. Los velatorios, los funerales y los primeros días después de la pérdida son solo el inicio de un largo camino de duelo que estas familias deberán recorrer.
La comunidad de Santa Mónica Residencial y la ciudad entera están llamadas a reflexionar sobre la normalización de la violencia. Cada víctima que suma la estadística es un ser humano con historias, sueños y personas que lo amaban. El verdadero cambio comenzará cuando como sociedad dejemos de ver números y volvamos a ver personas detrás de cada tragedia.

